CORNADA DE LOBO
Cerveza y raza
T engo que confesar, vaya por delante, ser más partidario de la cerveza que del vino. Sé lo que me pierdo; y también lo que gano.
La cerveza es un beso frío y excitante en el gañote y se puede beber como un buey en jarras como bidones. El vino tiene otra copa, antes bota, jarro o vaso, otro beber, cada cual esconde a su mala madre o a un raro genio... y desata la lengua hasta lo inconveniente, a veces hasta lo criminal.
La cerveza, sin embargo, suele proporcionar un pedal razonable (salvo a gente escocesa o de Baviera) o un pedo adormilado de fraile bonachón si se cita aquel monasterio cervecero alemán del siglo XVII donde casi hubo motín cuando un abad decidió reducir a tres litros y medio la cerveza diaria que se proporcionaría a cada fraile.
¡Cerveza!... y mira que las hay malas o con delito (como los vinos).
Por buscarle alguna explicación, me pregunto si nos tiramos así a la rubia espumosa porque lo tenemos grabado en algún viejo gen de por aquí... no sé, los astures cazurros bebían habitualmente cerveza (lo dice Strabón, lo vio camino de Astorga) y sólo en ocasiones vino, morapio, pues tenían que ir a comprarlo muy lejos, al sur, y se lo ventilaban en dos noches nada más llegar el acarreo (esos astures comían también pan de bellotas, que más que pan parece adobe, lo que vendría a explicar la abundancia de cerebros de alcornoque que nos legó su descendencia a lo largo de la historia).
Con los romanos aquí, se dejó de elaborar y beber cerveza; ellos traían a cada rincón nueva viña de todo lugar. Los godos que llegaron después tampoco eran cerveceros. Adiós, rubia. La paradoja es que, veinte siglos después, León sería la principal productora de lúpulo para las cerveceras españolas. Y siendo así, ¿por qué no hubo aquí fábricas de cervezas?, se dicen todos... pues porque el lúpulo no es clave, sólo perfume; hacer cerveza es otra cosa, se requieren siglos para aprender.
Aún así, unos cuantos valientes emprendedores han empezado a elaborar «cervezas leonesas»... también es cierto que es moda usual en toda España porque, tras enaltecer banderas y fronteras, vienen las bebidas de la raza.