FUEGOAMIGO
El mapa de los tesoros
L a carta arqueológica de León ha ido poblando de señuelos la provincia, con especial concentración en la montaña, que por otra parte es nuestro territorio menos monumental. De oriente a poniente, de Portilla de la Reina a Portela de Aguiar, los reclamos escondidos siembran de misterio y atractivos nuestra cornisa montañosa. En ocasiones así, dirijo la mirada en primer término hacia mis paisajes familiares, y en el ojeo encuentro la peña del castillo de Santiago de las Villas y el castillo de Los Barrios de Gordón protegiendo la senda del río Torre. Este valle ofreció durante siglos un fluido cauce de comunicación para los peregrinos jacobeos que tomaban el desvío al Salvador de Oviedo. También dio curso a los rebaños trashumantes.
Al pie de la peña del Castillo llega el ramal de trashumancia que en Benllera se desvía del cordel de Villadangos y por la collada de Urdiales sigue la Vereda de Buiza hacia Rodiezmo. Las merinas abonaban a su paso las eras del Manganche, del Campo y también de Valdiligüeña y de la Carba, donde tenían descansaderos para hacer noche. Del paso de peregrinos por este itinerario sólo queda memoria documental, además del nombre del pueblo. Otro tanto sucede con las antiguas villas o despoblados del Torre, agrupados ya en el siglo catorce en Santiago. La toponimia y algunos vestigios todavía recuerdan los antiguos enclaves: Torre, San Cipriano (de cuya ermita bajó el santo que se convirtió en patrón de Santiago), el Convento, la Carrera y San Martino. La entrada al valle ciñe la peña del Castillo y deja a la izquierda otro peñasco gemelo, que controlaba este portillo natural.
Hasta llegar a la antesala del Salto Bajero, el río forma una estrecha vega de prados todavía bien cercados con sebes. A la derecha del camino asoman sucesivamente la peña Miranieves y los Sierros Negros, que atraviesa el canal tallado por los romanos para conducir el agua del Torre hasta las médulas del Órbigo, en Villarroquel. Luego, una chopera frondosa y el risco de los alimoches dan paso a la parte más angosta del valle, mientras las encinas que brotan entre las rocas toman el relevo al robledal de las cuestas precedentes. Unos apriscos con salero aprovechan el cobijo del Salto Bajero, donde tomaba sus aguas la Presa de la Griega. A partir del Salto Cimero, el río amaga un atisbo de hoz geológica, pero pronto vuelve a su discurrir tranquilo. Poco antes de llegar a la Carba se alza a la derecha la peña de Los Barrios y luego el paso de la collada hacia Gordón, mientras a la izquierda se despliega en lo alto un bosquete tupido de tejos, donde se podaban los ramos para la bendición de las casas. En el sesteadero de la Carba rebrota el río sumido, que más arriba se oye pero ya no se ve.