LEÓN EN VERSO
Sin José
P or San José aterrizaban las golondrinas, que aprovechaban el puente para hacer la mudanza e instalar las pertenencias que traían de ultramar en la morada estacional que ocupaban hasta que septiembre se ponía estricto con las largas jornadas del estío; las golondrinas, aves míticas con aureola divina, veían la fecha del calendario del mismo rojo festivo con el que se teñía el 8 de diciembre, o el primero de mayo, y recibían el ecuador de marzo al sol de aquellos cables vintage de la telefónica con gorgojeos que extendían sin prisa, como conciertos de cuerda, hasta que un portazo rompía el trino matinal, el pum seco que enmudece a las grajillas. San José siempre fue a las golondrinas lo que san Blas a las cigüeñas. Eso queda del santo indulgente que se rodeó de pájaros de buen agüero para pregonar que la primavera llegaba con el alba del día siguiente, y que la luz era imparable y el escenario del invierno, de ese invierno cabrón de León cruel por las heladas y de nieves perpetuas, cambiaba el decorado por hileras albinegras vestidas de esmoquin para la ocasión. Al patrón carpintero lo enterraron en el cambio de cromos de fiestas del estado autonómico, que también lleva a los niños al colegio el día del padre, que no tuvo la suerte de ser una patente de grandes almacenes ni del subidón emocional que da el sorteo de los 17 millones al cupón. Todavía va a venir uno de los que quitaron la fiesta a explicar con coartada que él no estaba en el escenario del crimen el día que clavaron el cuchillo a la efeméride que media Europa celebra por la entrada de la primavera. Si fueran gente dada a consultar el gusto del administrado, habrían puesto un referéndum para darle gusto al vulgo; dejar festivo el 19 de marzo o feriar en el que se toca la chifla en honor a los burgueses que se vinieron arriba contra el emperador Carlos, Primero de España y Quinto de Alemania. Ilusa aspiración esa de poder decidir sobre si se pueden abrir los comercios el día internacional del libro sin ni siquiera haber votado un estatuto. Dadas las apreturas del almanaque para encajar días del dedicación al asueto, que cada cual se abandone al momento de mañana: si tiene la suerte de ver una golondrina que se dé por contento. Y por ser padre; y porque los niños estén en el colegio, a pulir álgebra y derivadas, que resultarán imprescindibles para servir en un burguer; sea aquí en la Alemania bávara.