Diario de León
Publicado por
PEDRO TRAPIELLO
León

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T rizas están hechos esos restos. Si ese es don Miguel de Cervantes, no presenta buena cara, no.

Sus huesos han aparecido revueltos con los de otra cuanta gente y no habrá modo de elegir un juego completo de esqueleto para meterlo en un sarcófago de marmolillo fino y darle ese enterramiento solemne que parecen buscarle porque lo exige su talla universal y para que el turismo peregrine a su descanso eterno como lo hace a la tumba del que murió en su mismo día, Shakespeare... o con Dumas en el Panteón parisino, Dostoyevski en el suyo y un poeta local en el camposanto de su villa burgalesa.

Polémica nacional servida.

¿Con qué ley se puede quebrantar la voluntad de Cervantes de reposar en esa cripta común, en ese pudridero de las Trinitarias tan atiborrado de gente mojama y mezclado él con revueltos vecinos hechos polvo para esperar ahí el día del Juicio y la resurrección de la carne?, porque para eso se hizo amortajar con el hábito pobre de terciario franciscano y con un crucifijo entre las manos.

Un respeto.

El epitafio que dejó escrito Shakespeare para su tumba, también en una iglesia, destila maldición rabiada:

Buen amigo, por Jesús, abstente

de cavar el polvo aquí encerrado.

Bendito sea el hombre que respete

estas piedras y maldito el que remueva mis huesos.

Debió usted, don Miguel, dejar una parecida manda testamentaria y nadie le tutearía hoy sus voluntades turbándole su paz y confundiéndole, que por eso le sonaron las voces de los científicos desenterradores a la orden celestial del «Miguel, levántate », creyéndose vuecencia llegada la hora... y así debió sentirlo al ver sacar sus restos junto a los vecinos pasando de la tétrica oscuridad del nicho cegado al resplandor cegador de los divinos candelorios, esos focos entre los que urdían unos agitados ángeles vestidos con batas, gorro cirujano y guantes de látex... ¿será el Cielo un corro de galenos?...

Y no le vengan ahora con mausoleos, don Miguel, siga en su sitio, en esa lección de la grandeza humilde del genio y la pequeñez de la España ingrata.

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