Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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L e comento al poeta y psicólogo Salvador Negro que estoy escribiendo una columna acerca del copiloto Lubitz. Sonríe, sabedor de que se trata de un subterráneo cuya oscuridad necesita más de una antorcha para ser iluminada. Aunque jamás he padecido una depresión, algunas de las mejores personas que conozco sí las han sufrido. Me preocupa que se pueda demonizar tanto a los trastornos como a las enfermedades mentales. Los deprimidos suelen ser gente buena, únicamente dañinos para sí mismos. Y la mayoría de quienes tienen tendencias suicidas son incapaces de provocar muerte ajenas. A mi entender, las explicaciones a la monstruosa decisión de terminar con 149 vidas hay que buscarlas en otros territorios de la naturaleza humana. ¿Por que nos cuesta aceptar que hay personas malas? Los asesinatos de Iguala no fueron ejecutados por desequilibrados, sino por sicarios. Hitler no estaba loco, era un monstruo. Los libros de Historia están repletos de éstos. Quizá Lubitz fue un gran odiador. Un resentido. ¿Demasiado fácil? El mecanismo del bien resulta siempre complejo; el del mal, rudimentario. En este trágico suceso, las explicaciones psicológicas o psiquiátricas son piezas importantes del puzzle, pero no nos desvelan la imagen completa, quizá porque no la hay, ni puede haberla; tampoco, consuelo. Al separarnos, Negro me regaló una frase de Freud: «Cuando no sepáis cómo continuar, seguid a los poetas».

Le hago caso y he colocado en mi despacho el cartel con el que la Cámara de Comercio promociona la Semana Santa. Es un bello cuadro de García Zurdo sobre la Virgen del Mercado, con impregnaciones solanescas y que pintó a finales de los cincuenta. Dialoga con versos de Crémer. «Sola y pequeña y triste/como una madre campesina/ Sin nadie /que la preguntara por qué/ llevaba un hijo muerto por las calles». Sí, el bien es el mayor enigma, irrumpe desde la luz.

Cuánto han de estar sufriendo en estos días quienes luchan contra una enfermad mental; ellos y sus familias. Buenas personas, incapaces de dañar. En fin, sólo soy un columnista, opino sobre lo que ocurre. Creo que Lubitz fue un gran malvado. Otro más. Trabajaba allí donde podía hacer mucho daño. Y lo hizo. Así de simple, así de triste.

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