Diario de León

Publicado por
Ara Antón escritora
León

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N os pasamos la vida «inventando» una realidad que nos dé una base para movernos en el mundo. Conseguimos una batería de creencias, ilusiones y deseos que suponemos «buenos» para nosotros y tomamos esa dirección o direcciones, convencidos de que son la verdad.

Pocos, o casi ninguno, llegan a entender que esa «verdad» es nuestra creación y que los demás tienen la suya, la cual, en muchos casos, nada o muy poco tiene que ver con la visión propia, más allá de los puntos comunes que necesitamos para convivir.

La Verdad nos supera, se nos escapa, tal vez porque las capacidades humanas no estén suficientemente dotadas para aprehenderla o porque no sea conveniente su conocimiento para el desempeño de nuestras modestas misiones.

Cuando debemos tomar elecciones del tipo, estamento, objeto, tiempo o lugar que sean, intentamos buscar nuestra verdad, si es un asunto puramente personal, o se nos intenta convencer de la «verdad» del candidato, si la elección atañe a un colectivo. En este último caso, si el postulante es un verdadero político, buscará aunar sus cuentos con los de la mayoría y si es lo suficientemente inteligente y su visión va más allá de lo estrictamente material, recurrirá incluso a lo espiritual —que no religioso, aunque a veces también— lo cual es lo más recóndito pero también lo más poderoso del ser humano, y de este modo conectará con muchos. Si lo logra, las masas, como ovejas al pastor, seguirán sus cantos de sirena porque son idénticos a los que oyen dentro de sí, pero que no saben poner en palabras y mucho menos en acciones. Nacen entonces los irracionales fanatismos, y ese avispado individuo, buscando siempre símbolos o creencias del inconsciente colectivo, se hará con el poder que sus múltiples seguidores pondrán en sus manos y que no sólo le permitirán utilizar a capricho, sino que justificarán ante cualquier asombrado espectador externo que lo cuestione, y lo que es mucho más grave, ante sus propios ojos. Y puede que se vulneren los derechos humanos o que se desaten guerras o que incluso sea preciso sufrir hambres, separaciones o vejaciones de todo tipo... Nada importará porque el fin del que nos ha hablado es alto y magnífico y nosotros y los nuestros nos lo merecemos. Debemos alcanzarlo no importa a qué precio porque somos los elegidos, el omphalós del mundo, la raza más inteligente y hermosa, los descendientes de los dioses, de los extraterrestres, o cualquier otra mandanga que nos hayan contado y que nos hayamos querido creer. Y eso nos da derechos, y los otros, los que no son de los nuestros, si nos llevan la contraria es por pura inquina o envidia y porque desean nuestra caída.

Si discurrimos un poco, esta actitud recuerda la enfermedad llamada Negligencia Hemisférica, en la que el paciente sólo ve la mitad de las cosas, de manera que incluso un plato de comida, colocado ante él, contiene, para su mente, justo la mitad de alimento. Ingiere, por tanto, esa parte que ve, dejando la otra intacta. Eso, llevado al tema que nos ocupa, nos limita, impidiéndonos ver el plato lleno. Carecemos, porque no la queremos tener, de una visión global de los objetos, acontecimientos o comportamientos que deberíamos estudiar, juzgar y elegir. Vemos únicamente lo que queremos o nos hacen ver, cerrando la mente a otras interpretaciones o posibilidades. Limitamos nuestra vida y potencialidades, permitiendo que nos manipulen con facilidad, haciendo dejación de nuestro ser, que pierde su independencia y autonomía, pasando a servir los intereses de otros.

Es mucho pedir la libertad de pensamiento, que no ya la de actuación, ya que esta última puede, a veces, estar frenada o controlada. Pero las ideas, si no se expresan o se comparten, son secretas y, por tanto, completamente libres y deberían utilizarse para cuestionar lo que nos cuentan, partiendo de la base de que, por muy carismático —o carismática, no faltaría más— que sea el político, el científico o el artista de turno, no nos está ofreciendo mucho más allá de «su verdad», y si lo hace y enuncia la nuestra es porque es muy listo y desea una mayor cuota de poder.

Pensar. Pensar por uno mismo, sin permitir injerencias, con simple sentido común. No es preciso un coeficiente intelectual brillante, solamente poner en cuestión lo que vemos, nos muestran u ofrecen. Si después de hacerlo estamos de acuerdo, adelante, a marchar en seguimiento de la manada. Puede ser que el objeto sea muy bueno o el líder tenga razón o, simplemente, nos resulte cómodo que nos indiquen el sendero por el que debemos caminar. Si eso es lo que queremos, después de sopesar y comparar datos, hagámoslo; ya no tenemos otra salida. Pero antes de tomar la decisión, no olvidar nunca que la Verdad no es la mía ni la tuya, ni siquiera la del iluminado de turno que nos habla. Se encuentra muy por encima, lejos de la facilidad o la cerrazón.

No puedo dejar de creer que lo más inteligente es buscar, seguir buscando, siempre.

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