Diario de León
Publicado por
maría j. muñiz
León

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¿De qué ha servido a los empresarios del carbón mantener las formas? Es comprensible, son presos de la arbitrariedad del Gobierno para hacer efectivos los pagos mil veces retrasados de las ayudas, sentencias y demás de los que depende su cada vez más exigua supervivencia financiera. Pero ¿les ha dado alguna ventaja su ‘comprensión’?

Muy lejos de las negociaciones del ‘pozo moqueta’ el sector ha contado siempre con el refuerzo de la contundencia reivindicativa de los mineros. Es dura, y sobre todo muy mediática. Pero ¿hasta dónde pretenden seguir tirando de las drásticas armas de la tropa minera en un empresariado que de cara a la opinión pública templa gaitas en los despachos?

La minería leonesa, en buena parte convulsa y confusamente expropiada, sigue nadando y guardando la ropa, empresarialmente hablando. Concursada o al borde del concurso, enajenada o circunvalando las mil y una formas de enredo societario. Incapaz de alzar la voz, más allá de los anónimos (y cada vez más arriesgados y costosos) actos ‘tradicionalmente’ reivindicativos del sector. Que están pasando factura judicial, como corresponde por ley, a aquellos que ejecutan presumiblemente las fórmulas reivindicativas de los pozos.

Esta semana el representante de Carbunión hizo durante la presentación del resumen anual de Enerclub un balance que había sido largamente demandado desde la provincia. No valoraciones, sólo exposición de los hechos. Hay lo que hay. Y se explica por sí mismo.

La cuestión se ciñe a una realidad: la serie de pactos, documentos, acuerdos, leyes y reales decretos (¿hay algo administrativamente más sagrado?) que debían haber sido escrupulosamente cumplidos y han sido sistemáticamente pisoteados e ignorados. Han sido incumplidos desde la más ignomisiosa de las posiciones: la del silencio y el desprecio. La del pedestal del orgullo de quien domina la máquina registradora y se pliega a los intereses del lobby frente a la honestidad del compromiso.

Nadie les ha pedido que justifiquen lo imposible. Para sacudirse el polvo del imposible futuro de esta histórica industria sólo tenían que haber cumplido las draconianas condiciones impuestas hace cinco años. Con un mínimo de responsabilidad social, haberse implicado en la recomposición de las miles de vidas atrapadas en el proceso. Ni han sabido ni han querido. Ni unos ni otros. Sólo dejan amargura e impotencia. No hay peor desprecio que la indiferencia. De los ajenos, y sobre todo de los propios.

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