Diario de León
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PEDRO VICENTE
León

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S i alguien que hubiera permanecido en estado de coma durante los últimos cuatro años despertara estos días a la realidad, comprobaría que la campaña electoral discurre por las mismas pautas de siempre: Un auténtico pandemónium en el que resulta imposible el afán machadiano de distinguir las voces de los ecos.

Se supone que los dos grandes partidos que han sustentado el sistema democrático nacido de la transición se van a dejar muchos pelos en la gatera electoral del 24 de mayo. Que el PP va a sufrir un severo castigo electoral (más en porcentaje de voto que en pérdida efectiva de poder autonómico y local), que el PSOE va a hundirse un poquito más y que consecuentemente las urnas van a certificar el ocaso del bipartidismo. En definitiva, se vislumbra un nuevo mapa político que abre muchas expectativas ante las elecciones generales a celebrar antes de que acabe el año.

A expensas de lo que deparen las urnas, en lo que se refiere a las formas parece claro que la nueva política propugnada por los partidos emergentes no ha conseguido imponerse a los usos tradicionales de la denostada vieja política. Antes al contrario, no se observa ninguna diferencia sustancial entre unos y otros a la hora de afrontar el trance electoral. Hemos visto como Podemos, a priori la fuerza más rompedora, ha ido plegando velas sometiendo los principios que defendía hace un año a un «aggiornamento» programático que ha desnaturalizado sus esencias fundacionales. Se puede ver como un baño de realidad o como una claudicación, visiones ambas por otra parte perfectamente compatibles. Y excepción hecha de su renuncia a financiarse mediante préstamos bancarios, su campaña electoral no puede ser más convencional, recurriendo, como todos, al trasnochado mitin que sólo congrega a los adictos de la causa.

De Ciudadanos no era de esperar innovación alguna, ya que, pese a tratarse de una fuerza emergente en el resto de España, en origen es un partido de lo más clásico, cuya gran virtud es que, al no haber tocado poder, no está enfangado por la corrupción política. Frente a los que se jactan de contar con candidatos muy conocidos, la gran ventaja de los de Ciudadanos es que prácticamente no les conoce nadie, lo que les permite comparecer con el inmaculado Albert Rivera como único referente. A estas alturas se suponía que la celebración de debates electorales entre candidatos iba a ser consustancial a esa «regeneración democrática» que todos dicen compartir. Pero ya hemos visto que tararí que te ví. Y sin debates que obliguen a concretar los compromisos, los programas electorales vuelven a elaborarse a beneficio de inventario, tal como advirtió hace 30 años otro viejo profesor, de corte muy machadiano por cierto, al que tanto añoran los sufridos ciudadanos madrileños.

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