TRIBUNA
Política en las tabernas

P almario es que la política tuvo su tímido origen en el primer núcleo social: hombre-mujer. La pareja. Mas, su desarrollo se fue complicando con la aparición de descendientes y colaterales, llámense primos, sobrinos, cuñados, concuñados y una larga relación de adosados y adosadas. Una de las principales, naturalmente, fue la que con el tiempo se dio en llamar suegra, del latín socrus . Así pues, la política tuvo que surgir con el fin de poner orden al desbarajuste creado con tantos actores y actrices del teatro cavernícola. Solía autoimponerse el más bruto o la más lista.
Pasó el tiempo, las proles iban aumentando, y los descendientes fueron creando sus propias tribus (eran asaz prolíficos), con el fin de evitarse los ineludibles encontronazos y disgustos domésticos en el reducido espacio de aquellas cuevas cercanas a los ríos. No obstante, los dictadores continuaban siendo, bien el más fornido y peludo, bien la más astuta del clan, si se lo permitían los aguerridos vellosos.
Transcurrieron miles, quizás millones de años, y cansados los primitivos seres de darse testarazos contra las estalactitas, se mudaron de aposento y fueron construyendo pequeñas poblaciones en las que poder vivir sin tanto dolor de cabeza. Bien es cierto que, de aquella, las cefaleas proseguían por razones obvias: continuaban dando órdenes los mismos; bien los fieros corpulentos, bien las arpías-brujas de turno. Pero, afortunadamente, llegó la época de los griegos, quienes, ni cortos ni perezosos se inventaron un sistema curiosísimo al que llamaron democracia (demos krátos ). En tres palabras, gobierno del pueblo. Pero, duró poco la novedosa fórmula. Como un milagro maligno de la madre naturaleza, germinaron espontáneamente terratenientes y nobleza. Vuelta la burra al trigo, y los innobles al azadón o a la yunta; casi 1.000 años, hasta la Revolución Francesa y su restauración de la democracia en Occidente. Inda mais , parece que Napoleón, aquí, suprimió la Santa Inquisición.
Sin embargo, aunque el acontecimiento sucedió más o menos antes de ayer, la antañona pareja perdió la memoria con rapidez y llegada la bien ganada regalía de las elecciones para que nos gobiernen los buenos, en tabernas y otros habitáculos donde se come y bebe (más bien se bebe), se pulsa el silencio o siseos de conversaciones en voz queda. Claro está, siempre que los comentarios tengan como fondo la política, las elecciones cercanas o pretéritas. Se intuye miedo, ¿quizás?
En un figón cualquiera, por lo bajini, hablan varios grupos. Uno de los tertulianos afirma: «Yo soy apolítico», ¡miente el bellaco! Todo hijo nacido de mujer lleva la política en el corazón, aunque sea clavada en ventrículos y aurículas como la espinita de la canción. «Ya está bien de mamar de la teta» —comenta otro—. ¡Falso! Él lo consiente con cierto regusto de admiración. Uno muy callado susurra: «Yo soy de centro». ¡Nuevo embuste! Los únicos centros que existen son los comerciales.
De pronto, alguien exclama en voz subida de tono: «¡La madre que los parió!» Bastante ajeno a la conversación del resto, que le miraban mohínos, continuó el soliloquio al tiempo que miraba la televisión: «Lo que yo he dicho siempre: no corren bien la banda, ¡leche!» Jugaba el Barça contra el Madrid. Y a los inventores del demos krátos, que les den morcilla.