LA SEMANA
Acabar con las mayorías pero aprendiendo a pactar

L o que tendremos ante nuestros ojos dentro de unos días es una España más fragmentada y con un impresionante vacío de poder. ¿Cómo será la vida política y administrativa durante las semanas posteriores al 24M en la mayor parte de las ciudades de España? Justo como ahora en Andalucía: «Aquí no se mueve un papel desde hace meses. Todo está bloqueado», describe una funcionaria relevante de la Junta que detalla como un decreto-ley sobre el empleo no puede aplicarse porque no ha podido culminar un mínimo trámite. Todo está parado. Fernando Díaz-Plaja en «El español y los siete pecados capitales» escribió que «los funcionarios por la tarde no iban a su puesto, pero cuando no trabajaban era por la mañana». Aquella injusta descripción, se ha hecho realidad ahora. «La Administración Central tampoco está activa a la espera de elecciones generales», tercia un alto funcionario de Comercio. Puede ser. Pero un país que batalla por salir de la crisis no se lo puede permitir.
Está bien acabar con las mayorías absolutas, si así se decide. Y con el bipartidismo, como se proclama. Pero a condición de que se aprenda a llegar a acuerdos responsablemente y a pactar. Fragmentar los consistorios y los parlamentos autonómicos para después bloquear la salida, paralizándolo todo, no es lo que están exigiendo los electores. Piden renovación, transparencia, lucha contra la corrupción, eficacia y proyectos, pero no parálisis y teatro.
A la vista de las encuestas, no es descartable que después de las elecciones del próximo día 24 haya que repetir elecciones en varias comunidades autónomas, si se agotan los plazos para la investidura sin acuerdo suficiente. Andalucía en su estatuto lo dice claro: dos meses como máximo desde la primera investidura frustrada, para convocar de nuevo elecciones si no hay acuerdo. Observen el rostro de la presidenta en funciones de Andalucía, Susana Díaz: de la alegría inicial ha pasado a la profunda preocupación. Es un poema. Cabe la esperanza de que después del 24 de mayo se pueda pactar, aceptando acuerdos y alguna componenda. Pero para eso habrá que erradicar del lenguaje esas frases que hoy son una barrera: «Andalucía no es un cromo para cambiar». «El que pacta, claudica». «No se puede traicionar a los votantes» Y así sucesivamente. Pactar no es indigno, si se hace sobre proyectos positivos y de progreso, y resulta conveniente porque es el camino para lograr mayorías y arreglar problemas.
Salvo excepciones en las que prevalecerá la mayoría absoluta del PP —quizás, que no es seguro, en Castilla y León, Murcia, Cantabria y La Rioja— prepárense para los pactos. En algunos casos, bastaría para gobernar con que Ciudadanos aceptase apoyar a los populares, lo que cada día parece menos probable, pero en otros casos no se descartan gobiernos tripartitos o cuatripartitos, como en Baleares. Hay situaciones límite como Valencia, ciudad y comunidad, epicentro de la corrupción, condición que dificulta enormemente que el PP siga como partido de gobierno, como ha sucedido en varias legislaturas y con mayoría absoluta. «Aquí la consigna es cualquier cosa menos Rita Barberá en el Ayuntamiento de Valencia», como llegó a decir, así de claro, un candidato de Compromís. Ciudadanos tiene grandes expectativas y buenos candidatos en Valencia, a diferencia de otros lugares donde el omnipresente Albert Rivera, con alto riesgo de combustión, tapa a personas de escaso nivel que han acudido, entusiastas desde la calle, o huidos de otros partidos como UPyD, o incluso el PSOE, que vio como el secretario de organización de Huelva se le convertía en tránsfuga.
Por si no fuera todo bien difícil, «parió la Faes», como ha escrito David Gistau. La fundación de Aznar advierte del «riesgo de colisión entre el PP y Ciudadanos», metáfora náutica y aeronáutica que añade dramatismo al panorama. Parece que algunos temen el hundimiento del PP para ser sustituido por Ciudadanos, como en 1982 cuando el PP acabó con UCD. Pero eso no va a suceder ahora. Hay tensión de cambio y malestar pero sólo desaparecerán algunos partidos pequeños a mayor gloria de los nuevos.