Diario de León

Publicado por
Rogelio Blanco Martínez ex Director General del Libro, Archivos y Bibliotecas
León

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A sistimos, durante los últimos años, a la reiteración escrita y oral del término «crisis». Un concepto que se ha instalado en la cotidianidad y que se mantiene impertérrito en todo tipo de discursos; palabra maldita y con sentido ajeno al etimológico, pues en griego significa construir.

Los expertos de la economía —los que logran el deseado premio Nobel por defender una idea y su contraria en breve tiempo—, los comentaristas y los adivinos de cada tribu se cargan de razones, —seriamente pensadas y contrastadas, afirman—, y emiten recetas y pócimas salutíferas para combatirla y desterrarla de una vez; responsabilizan a unos u otros de la situación o se sirven de la misma, —la odiada crisis—, para esconderse o para justificar determinadas decisiones que la mayoría de las veces llevan la misma dirección: perjudicar aún más a los más afectado por la maldita crisis so pretexto de que no existe otra solución. Un argumentario tan escaso y soez que E. Bellamy metafóricamente lo denuncia en el breve cuento El mercado .

Ciertamente la actual crisis económica y sus consecuencias es un infierno para los colectivos menos pudientes, para los parados laborales, para los que se quedan fuera de los círculos de decisión o de poder y que afecta preferentemente para aquellos que la vida se traduce en la tarea diaria, responsable y honrada de sostenerse él y los suyos.

Llegados a este punto por todos conocido y ante el próximo escenario electoral, elecciones municipales y autonómicas, y centrándonos en nuestra geografía leonesa bien pudiéramos reflexionar acerca de quienes se protegen tras «la dichosa crisis» para autojustificarse o quienes se enfrentan a ella con atrevimiento y realismo. La actual crisis es económica, pero su envergadura y calado afecta el modus vivendi; pues bien, siendo económica, —sea esta otra opinión, pero sin las pretensiones de los analistas anteriormente citados y más bien quedándome en la sugerencia—. Pregunta: porqué los leoneses no exploramos con detenimiento nuestras posibilidades. León dejó de ser la relevante provincia productora de materias primas, sean agropecuarias o mineras. Sus diversos polígonos industriales, precisos e insuficientes, no son decisivos en la economía nacional y sufren las consecuencias de la crisis con furor; además, el envejecimiento y deterioro demográfico se apoderan de ciudades y, sobre todo, de las aldeas.

Por otro lado, los diversos analistas advierten de las posibilidades futuras de las «mal-llamadas» «industrias blandas», anteriormente se decía «tercer sector». Un área que se refiere a los entornos culturales, turísticos, gastronómicos u otros próximos. Recientemente el Instituto El Cano recogía información internacional sobre índices de impacto en la que situaba a España la potencia mundial número once gracias a estas sectores «blandos». Segunda pregunta: ¿se han explorado estas potencialidades desde el territorio leonés? De modo general, me quedan serias dudas. ¿Se ha pensado la singularidad cultural que posee la provincia? Una singularidad macerada durante siglos y que las diversas generaciones han sostenido y cuidado. El prerrománico, el románico, el gótico, las Cortes leonesas, el Camino de Santiago, el Barrio Húmedo, Gaudí, etc., etc., son realidades únicas a las que se agregan valles y parajes, la rica gastronomía y, sobre todo, la hospitalidad de los gentes leonesas. Y estas realidades no se logran en polígonos, pues para llegar a ellas han sido necesario amasar siglos, esfuerzos encontrados, unidad de miras y sentimientos compartidos. Un tornillo —como simpleza mecánica una vez descubierto—, o un último modelo automovilístico se confeccionan en cualquier polígono de cualquier continente; su fabricación se implanta o se deslocaliza en cualquier espacio fabril del globo terráqueo, pero una historia cargada de contenidos universales ejemplarizantes (las Cortes leonesas de 1188), modelos únicos de reconocidas expresiones artísticas o arquitectónicas (románico o gótico), la mayor cantidad de kilómetros provinciales de una de la rutas de referencia internacional (el Camino de Santiago) o la mayor extensión de los afamados Picos de Europa son contenidos sobresalientes, entre otros, y fijados en nuestra maltrecha provincia. Son «industrias blandas», que según los expertos bien pudieran ser veneros de empleo y catalizadores de iniciativas que por suerte disponemos como herencia secular que espera mostrarse y combatir contra «la dichosa crisis». Un regalo.

Ante esta dádiva y de cara a las próximas elecciones humildemente aconsejo a los leoneses que lean cuidadosamente las propuestas políticas que se brindan ahora y, a la vez que lancen una mirada de soslayo a lo atendido, en este orden, durante los cuatro años precedentes.

Personalmente he detenido mi mirada en Astorga, ciudad milenaria y cargada de las referencias «blandas» anteriormente citadas (románico, gótico, Gaudí, gastronomía, oferta hotelera y hospitalidad, sin olvidar sus museos, las murallas o las mantecadas), pero, y además, durante estos cuatro años se restaurado un teatro, se abre un museo, exposiciones, encuentros literarios, etc. Bien puedo afirmar que detrás de esta atención existía el compromiso firme de un equipo municipal de gobierno a cuyo frente la alcaldesa, Vitorina Alonso, y la concejala del área, Mercedes Rojo, no cuestionaban esfuerzos. Cualquier oferta razonable era atendida y sin discriminar; así, se atendía a los creadores locales, por ejemplo los pertenecientes a la denominada Escuela de Astorga o la escultora Castorina, como a los que habitaron en la ciudad, sea Concha Espina o Eugenio F. Granell, u otros de ámbito internacional (Agustín Centelles).

Astorga, también, posee su polígono industrial, su red comercial reconocida y empresas constructoras que diariamente dan cuenta de su esfuerzo y que con mayor o menor éxito se enfrentan a la crisis, pero la necesaria constructora y los imprescindibles talleres y comercios no dan el signo diferencial y reconocible de una ciudad, pues se replican en todas; por el contrario, los productos de «las industrias blandas» sí son «marca» definitoria y única. Rentabilicémoslos. Están ahí, son nuestros y necesarios como fuente de empleo y de desarrollo. Y…. Astorga es un modelo.

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