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venancio iglesias martín CAtedrático de literatura
León

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I gual que Chelo Vivares —’Espinete’— que decía, «Qué cosas tiene mi novio» yo tambien digo: ¡Qué cosas tenía la Dictadura, aunque nunca fue mi novia!

Veamos aspectos que se percibían como negativos porque no venían de la democracia y solo por eso. De siempre el Estado ha tenido una visión perversa de la educación si atendemos al fin de la misma que podía formularse como lo hacía mi querido maestro don Ángel Andrés: «A la escuela venís a aprender a ser hombres de provecho». ¿Provecho para quién? Para el Estado, la sociedad, la industria, el desarrollo, la democracia futura?…

De este fin perverso del Estado y su consiguiente actividad perversa de formar profesores para conseguirlo, se deduciría que el resultado futuro de la educación era la obtención de fieles súbditos que comprendían en profundidad su misión de servicio. Así se retroalimentaría el sistema, y todo quedaría atado y bien atado. Toda dictadura y todo poder tiene como fin perpetuarse. Digo «todo poder» porque lo que llamamos democracia tiene la misma virtud o vicio según se mire. (¡Curioso! Incluso gente joven que no la conoció sigue cacareando toda clase de bobadonas sobre la dictadura).

Hitler prometió mil años de socialismo nacional, Stalin no necesitó prometerlos para intentarlo por todos los medios incluido el exterminio el paraíso comunista internacional, Franco lo dejó todo atado y bien atado. ¿Y la Democracia? La Democracia atado y bien atado lo quiere y no es vano que los dos partidos sean incapaces de pactar en el terreno de la educación, porque los dos quieren perpetuarse; los dos quieren hombres de provecho para el Estado y, digan lo que dijeren, eso mismo quieren los nuevos partidos: ¡perpetuarse!

Confieso que aunque los juré como todo funcionario, nunca supe ni curé de lo saber, cuales y cuántos eran los principios del movimiento y qué significaban. Y lo mismo que yo, miles de maestros que habíamos salido de las aulas de la dictadura y los juramos al obtener plaza en (hay que decirlo) dura oposición.

Quiero romper aquí una lanza a favor de la dictadura, aunque los que la sufrimos conscientemente no seamos propensos a la comprensión de la época. ¿Fue desidia? ¿Fue tolerancia? Después de jurar los principios del Movimiento, ningún inspector comprobaba que los profesores en el aula dirigieran su actividad y su Humanismo (obtenido de un pensamiento liberal que venía del siglo XIX) a la consecución de una sociedad orientada por aquel fascismo de baja intensidad, si se le puede llamar seriamente fascismo. Y el profesorado en general, seguía sin ruido (y sigue en muchos casos, erre que erre) su instinto liberal de enseñar y educar para ser sencillamente hombres libres. En cuanto al provecho ya lo verían los alumnos cuando alcanzaran su mejor yo. Con mucha frecuencia, el fracaso social quedaba asegurado para muchos que no querían ser útiles y de provecho para el Estado.

Al morir Franco, todos los que juraron que no eran políticos en cuarenta años aparecieron en las listas de los luchadores y vencedores del franquismo y en las de los que silenciosamente trabajaron por cambiarlo todo dejando que el dictador muriera en su cama.

También el primer socialismo vino con intención de perpetuarse igual que la Dictadura como se comprueba en aquellas dos vulgaridades del vicepresidente. «El que se mueva no sale en la foto» y «El día que nos vayamos, a España no la va a conocer ni la madre que la parió», de intenciones inequívocas. Una nueva España, o sea un nuevo hombre, una nueva sociedad. Lo mismo que en la dictadura, lo mismo que en la catolicidad, igual que en el comunismo, igual que en el fascismo, pero en otra dirección. El poder volvía a ser el Poder. Y el Poder pretendidamente democrático, volvía por sus fueros e imponía técnicas, maneras, visiones, valores, programas y conductas, si se quería salir en la foto o ser hombre de provecho para el poder. Y el Poder empezó a ser Uno, Grande y Libre, no tres e independientes. Y ahora sí, los inspectores que se nombraron a dedo vigilarían como comisarios políticos una cierta ortodoxia pedagógico-progresista que se degradó en progre por falta de contenidos serios y que ha dado un profesorado complaciente y una escuela que quiere perpetuarse asegurando puestos de trabajo y retribuciones idénticas para todos, aunque se haya degeneraddo el nivel de competencia del profesorado y del alumnado (becas) que desconoce la regla de oro del esfuerzo; se hizo el paripé de los CPs. Se eliminaron las árduas oposiciones. Hablando de pedagogía se descuidó la excelencia del profesorado. Hablando de métodos y supuestas experiencias de aula sin rigor, se descuidó la formación seria del profesorado. Se le convirtió en universitario pero esa noción sólo afectaba al diploma.

Por suerte en esta Democracia fundamentalista (G. Bueno), queda un excedente indócil, cuya preparación intelectual crece y exige con el ejemplo a los que irremediablemente se adocenan; un excedente que exige competencia, disciplina intelectual y ética a los alumnos. A estos profesores puede dárseles el nombre de artistas de la educación: son como poetas que amplifican y profundizan la sensibilidad del alumno; escultores de almas para que lleguen a ser Almas, como quería Francisco Giner de los Ríos o Ganivet; pintores que obligan a distinguir todos los matices del colorido de la palabra y el gesto, para conducirse con cuidado por la selva humana; músicos que enseñan tonalidades y cromatismos del alma propia y ajena; matemáticos que enseñan la belleza de un cálculo complicado y el desarrollo lógico cuidadoso… disciplinado, caramba (muy interesante cómo se proscribió esta palabra como si viniera de la jerga de la dictadura); biólogos que sensibilizan cuidadosamente para el asombro ante la vida; historiadores que se desangran en la tendencia (fracasada de antemano) a la objetividad; filósofos que enseñan la perplejidad del pensar; lingüistas que afinan el instrumental de comunicación… etc. etc. Queda esa esperanza.

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Pediría a los profesores que profundizaran en el imperativo ecológico de Hans Jonas: «Actúa de tal manera que lo que se derive de tu acción asegure la continuidad de una vida auténticamente humana sobre la tierra». Ahí es nada. Otra vez, con la idea rectora de un hombre nuevo y una nueva humanidad.