TRIBUNA
El miedo y el valor del torero

Q ué fácil es opinar desde el tendido de una plaza de toros o desde el mostrador de una taberna, muy gratuitamente por cierto, del miedo o del valor de los toreros y sentenciar con frases... «miedoso..., no quiso ni ver al toro..., sinvergüenza, vienes sólo a llevarte el dinero, etc...».
Y que diferente es la realidad, qué poca gente lo sabe, porque quien nunca se puso delante de un animal bravo, por pequeño que sea, nunca tendrá una pequeña idea de lo que significa el miedo o el valor de un torero.
En primer lugar, el valor no existe, es nada más y nada menos que sobreponerne al miedo, porque si el torero no sintiese miedo, sería una profesión al alcance de cualquiera, pero ahí está el verdadero mérito del torero, sobreponerse a ese miedo, a veces terrible, tanto al toro como a la responsabilidad hacia el público, pues pese a algunas opiniones, el torero siempre que sale a una plaza de toros, sale a triunfar, pero su triunfo no se puede programar, porque a diferencia de otras artes como la del pintor, músico o poeta, tiene que hacer arte en diez minutos, en un día señalado, con un toro determinado que le ha tocado en el sorteo, a las cinco de la tarde y con el estado anímico que tenga en ese momento.
Los otros artistas antes mencionados, sí pueden buscar el momento en que estén motivados para hacer arte, puede ser en muchas situaciones de su vida, después de una cena y copas, en un amanecer bonito o cuando está roto por dentro y por fuera después de una noche de amor con una mujer que le inspire. Ésos, son momentos para ponerse con el pincel ante un lienzo, piano o cuartilla y plasmar el arte que el artista lleva en el alma.
Por eso, el torero, cuando se encuentra en el centro del ruedo, solamente él y el toro, en esa soledad que acongoja, tanto si el toro colabora como si te quiere quitar la vida, él solamente tiene que sobreponerse a esa soledad fría, donde absolutamente nadie lo puede ayudar y pensar que es torero por deseo propio y saber que eligió esta profesión en la que cada tarde tiene la obligación de triunfar, aunque sabe que el triunfo le cueste muchas veces dolorosas cornadas; es el tributo que tiene que pagar.
En la fiesta de los toros, todos los momentos son irrepetibles, igual que en el teatro, nunca un toro es igual que otro, ni una faena igual que otra, pero en el teatro no se muere de verdad, en los toros el torero sí muere de verdad, y ahí está precisamente la grandeza del torero.