León

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H ay un proverbio que dice que a veces un hombre sabio es incapaz de recuperar la piedra lanzada al fondo del mar por un grupo de idiotas. ¡Ni falta que hace! pensarán.

El mar, al fin y al cabo, está lleno de piedras, así que una más tampoco importa demasiado. El problema es que cada vez hay más idiotas, idiotas que lanzan piedras y más cosas, idiotas que se ven reforzados por otros idiotas, tan idiotas que se creen que la idiotez es lo normal y que, por supuesto, no se plantean si la idiocia lo es.

La generalidad manda y, de momento, estamos en el imperio de la rutina del idiota. Hay idiotas gordos y los hay flacos, hay idiotas e idiotos, los hay listos y tontos, leídos e iletrados, valientes y cobardes, incluso hay idiotas discapacitados, aunque en este mundo de idiotas se nos imponga que de la comunión en la ‘idiotura’ sólo se salvan los afectados por alguna limitación.

Incluso, fíjense, hay idiotas de Podemos, hay tantos idiotas que a veces cuesta pensar que lo son, pero creánme, si aceptan lo de las meigas, los idiotas son una certeza.

Sólo así puede entenderse que haya surgido un grupo que se queje de que el tabaco y el alcohol aparezcan en las películas. También aparece el racismo. Es lo que hay que hacer si se quiere hablar del racismo, por ejemplo.

A veces, incluso, se han hecho películas sobre la Inquisición, sobre el Gulag o sobre el nazismo y, algunos, a pesar de los idiotas, creen que de verdad existió todo aquello.

En ocasiones, sí, yo en ocasiones también veo monstruos, porque los hay, aunque en este mundo de idiotas nos creamos que la ciudad esmeralda existe al final del arco iris.

Sólo así, viendo a los idiotas, se puede concebir que haya editoriales que cambien el final de una historia, o los personajes, o el lenguaje, para congraciarse con los defensores de lo políticamente correcto.

Tan sólo así, admirándonos ante los idiotas, puede creerse que un sistema convierta en delito vender marihuana mientras permite que no se vacune a los niños, o que un pederasta pueda ser reinsertado.

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Ser idiota es un derecho. Yo misma lo ejerzo en muchas ocasiones. Es mi manera de olvidar la cantidad de idiotas que hay que aguantar. Es sólo que, a veces, me gustaría que se contuvieran un poco.