Diario de León
Carlos Fidalgo
Ponferrada

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D e La Odisea a Las mil y una noches , de Homero a Valle-Inclán, de Borges a David Lagmanovich o Rubén Darío, pasando por el berciano Fermín López Costero, o el gallego Álvaro Cunqueiro, que decía que sus besos tienen el sabor de la lamprea, las historias de sirenas han sido una atracción constante para los escritores.

Tenemos cuentos de sirenas para todos los públicos, salidos de la inventiva de Hans Christian Andersen; cuentos crueles por el trato que reciben del hombre, ese gran depredador del mar, escribe José María Merino; cuentos malvados de Espido Freire, no aptos para niños; y algún microrrelato de Augusto Monterroso, que no sólo perseguía dinosaurios.

Sirenas aladas, sirenas con escamas. Sirenas peligrosas, con los dientes afilados. Sirenas que envenenan los oídos de los marineros. Sirenas hermosas. Sirenas que mueren si las alejan del mar.

Y tenemos sirenólogos, verdaderos expertos que siguen su rastro en la historia de la literatura y publican antologías sobre el hechizo que han dejado en la imaginación de los autores con el talento necesario, como hizo el año pasado el mexicano Javier Perucho.

Con lo que no contaba, yo que no he pasado de los cuentos de naufragios, es con encontrar el rastro de una sirena real en un relato. Lo ha escrito José Esteban, que también es editor, y en él menciona a un cronista del Renacimiento tardío, el olvidado Marco Guazzo, autor de una frase que produce escalofríos: «Había traído el príncipe tres sátiros recién llegados de las Indias, el uno de diez y el otro de cuarenta años, y una hembra, y también una sirena, pero muerta. Y otras extrañas formas de animales», escribe Guazzo en Historia de todas las cosas dignas de memoria cuando narra la escala que el futuro rey Felipe II hizo en Génova, camino de Flandes para asistir a la abdicación de su padre, el emperador Carlos.

El cuento lo encuentran en la antología de relatos húmedos Escrito en el Agua , de Reino de Cordelia. La historia de Guazzo se publicó por primera vez en Venecia, en 1552. Y las sirenas, nos lo cuentan estos días los cronistas del Fondo Monetario Internacional, nadan entre Grecia y el laberinto, dispuestas a hechizarnos con su canto envenenado de democracia.

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