Diario de León

Publicado por
Joaquín Cuevas Aller escritor
León

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E n el año 1960, siguiendo la masiva emigración de españoles a Europa, me fui a la ciudad alemana de Hamburgo. Mi intención era perfeccionar el idioma alemán, cuyo aprendizaje había iniciado unos años antes con un joven alemán de los muchos miles que habían sido enviados a España al terminar la Segunda Guerra Mundial. Él me enseñaba alemán y yo le enseñaba español.

Durante mi estancia en Alemania aprendí algo más que el idioma. Tuve como compañeros de trabajo a varios soldados del ejército alemán, que habían estado a las puertas de Moscú. Echaban pestes contra Hitler por las penurias que pasaron, en especial hambre y frío. Conocí también a un joven nacido en la Alemania Oriental, (en adelante DDR, Deutsche Demokratische Republik), que había tenido la suerte de huir hacia la Alemania Federal. Llegamos a tener una gran amistad hasta el punto de recogerme cada día con su coche en mi domicilio para acudir juntos al trabajo. Me contó infinidad de detalles de cómo era la vida en la DDR. Me dijo que la DDR era una gran cárcel fortificada con un muro para evitar que los ciudadanos se trasladasen a la Federal.

En la década de los 80 inicié mis visitas a varios países de Europa del Este. Acepté una invitación de un amigo polaco que vivía en Poznan para visitar su país. En mi primer viaje, solicité un visado de tránsito de la DDR para pasar a Polonia. Atravesé Francia, Bélgica y Alemania Federal. Al llegar a la frontera de las dos Alemanias me sorprendió comprobar que en la federal no había policía alguno para control de viajeros. En la DDR había un enjambre de policías. Ya en la frontera, tuve que rellenar infinidad de papeles que tuve que pagar en marcos occidentales, no admitían los orientales. El cambio era a la par mientras en la federal te daban cuatro marcos orientales por uno occidental. Me revisaron el coche, me vaciaron las maletas. Sorprendido, les pregunté qué buscaban. Cumplimos órdenes, me respondieron. Después de dos horas, pude entrar en la DDR. Las autopistas de la Alemania Federal eran de asfalto y estaban impecables. En la DDR eran de placas de cemento, tal como las había construido Hitler. Eran las 13 horas cuando llegué a Frankfurt del Oder, cerca de la frontera con Polonia. Al no ver ningún restaurante, salí de la autopista. Llevaba recorridos unos 200 metros cuando vi a dos policías. Les pregunté si había algún restaurante cerca. Uno de ellos me respondió: pasaporte. Al ver el pasaporte, con voz de trueno dijo «raus von hier oder Gefängnis» (fuera de aquí, o a la cárcel). Asustado le dije al policía: «señor, atravesar la frontera me ha costado dos horas. Ahora tengo que salir y entrar en Polonia; si cada paso de frontera tardo lo mismo, me dan las cinco de la tarde, sólo quiero comer algo, eso es todo». Sorprendido el policía por mi espontaneidad, me dijo: «vuelva a la autopista, poco antes de la frontera hay un restaurante».

Comprobé que mi amigo tenía razón. Vi el muro que impedía el paso de los alemanes del este hacia el oeste. Vi algo más, torres metálicas junto a los muros con un policía en la parte alta de la torreta que disparaba a matar a todo aquel que intentara pasar de una Alemania a la otra, algo frecuente según informaba el diario Bild de Hamburgo. Llamar demócrata a ese país es un sarcasmo.

A la entrada en Polonia te obligaban a cambiar una cantidad concreta de divisas por persona y día, algo nunca visto en ningún país de Occidente. El dinero te lo tenías que gastar ya que no te lo recogían al salir del país, si te sobra. En Polonia, entre otras personas, visité al padre de mi amigo: un catedrático jubilado de la Universidad de Poznan. La ropa que vestía y el mobiliario de su casa eran de suprema pobreza. Me comentó en alemán que se veía obligado a dar clases de música para poder comer dignamente. Un día el amigo me llevó a una gran tienda, como El Corte Inglés de León. La tienda se llamaba Pewex. El edificio tenía siete plantas. Estaban orgullosos de esa tienda, creían que era lo mejor del mundo. Me la enseñaron planta por planta. Vi lo siguiente: la mitad de las estanterías estaban vacías y las que estaban llenas sólo había uno o dos productos diferentes, todos ellos de los países de Europa Oriental. La séptima planta estaba llena de productos del mundo Occidental, pero el precio estaba puesto en dólares, pero se podía pagar con cualquier moneda occidental, pero no con moneda de Europa del Este, ni siquiera en su propia moneda, el zloty.

Un día llevé mi coche a la empresa que mi amigo dirigía, era una importante fábrica de papel. Me dijo mi amigo ¿has dado propina a los que te lavaron el coche? Sí, les di cuatro marcos occidentales. Les has hecho felices, esta tarde van a Pewex a comprar cigarrillos americanos. Un día, al padre de mi amigo le pregunté ¿qué piensa un polaco cuando entra en Pewex, sube a la séptima planta, ve lo que hay y no puede comprar nada porque no tiene divisas? Me contestó con signos de desesperación e impotencia.

En justa correspondencia, invité a mi amigo polaco y a su familia a visitarme; yo vivía entonces en Bilbao. Me puse en contacto con la Embajada de Polonia en España; me pidieron que tenía que sufragar todos los gastos de su estancia en España y enviar una cantidad de dinero para los gastos del viaje de la familia.

Así lo hice. Sorpresa: no vino la familia completa. Tenían dos hijos, niño y niña, tuvieron que dejar al niño en Polonia porque no dejaban salir la familia completa por miedo a que no regresaran. Los lleve a El Corte Inglés de Bilbao. Como no habían salido de Polonia hacia Occidente, no daban crédito a lo que estaban viendo. Lo miraban todo, recorrieron todas las plantas. Al final, me dijo la mujer de mi amigo: si se pudiera trasladar esta tienda a Poznan, en 24 horas estaba todo vacío ¿por qué? pregunté. Lo venderían todo, en toda Europa Oriental no hay una tienda como ésta. Visitamos también la Catedral y San Isidoro de León así como la Catedral y las murallas de Astorga. Me dijeron: en Polonia no hay nada igual, es una maravilla.

Un día me preguntó el amigo si había alguna fábrica de papel cerca de Bilbao. Sí, le dije, hay dos, una muy cerca. Me pidió que lo llevara. En la fábrica nos recibió un directivo muy amable. Le hizo muchas preguntas, las toneladas de producción y el número de obreros. Al salir, me dijo el amigo: no entiendo, la producción es muy similar a la de mi fábrica, pero aquí hay 1.000 obreros y en la mía tenemos casi 5.000. Ahora entenderás, le dije, por qué en Polonia un obrero gana 4.000 pesetas al mes (al cambio) y en España ese mismo obrero gana 35.000. Así era el comunismo que yo conocí. Parece que algún partido político quiere que los españoles vivamos como Europa Oriental en los años 80.

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