FRONTERIZOS
Lo inútil
I nútil. Nosotros sabemos que es inútil. Ellos lo saben también. No se pueden poner puertas al campo. No se puede aislar un continente, bloquear un mar entero como el Mediterráneo. Es inútil: seguirán intentando llegar a este espejismo de prosperidad. La primera norma de un ser vivo es sobrevivir. Hacia el sur y por el este cientos de miles de seres humanos están dispuestos a morir para demostrarlo.
De la misma forma que sabemos que los incendios forestales se apagan en invierno pero seguimos combatiéndolos con bomberos en verano, toda Europa es consciente de que no hay muros, ni concertinas, ni barreras electrificadas que puedan evitar la marea migratoria que cumple el principio de supervivencia frente a la calamidad bíblica subsahariana o el sangriento polvorín intolerante del Oriente Medio. Pero en vez de buscar fórmulas para la estabilidad en el sur y al este, construimos muros más altos, reforzamos las medidas policiales, enviamos más perros y más agentes y pedimos que intervenga el ejército al pie de las débiles líneas fronterizas dibujadas en los mapas. Todo inútil.
En Europa sabemos que son inútiles esas medidas porque, a lo largo de su historia, el continente ha expulsado a millones de sus ciudadanos, empujados por guerras, hambrunas o represión política hacia tierras más propensas para la supervivencia.
De la empobrecida Irlanda, de la Alemania nazi, de una famélica Europa central, de la Rusia estalinista, de la España vencida por el fascismo franquista, emigraron generaciones enteras hacia otro continente buscando una vida mejor. De todos los valles de esta provincia embarcaron hacia América a principios del pasado siglo miles de personas huyendo del infortunio, conscientes de que al hambre y la penuria no hay frontera que se resista.
Pero, como dejó escrito Howard Zinn, «a largo plazo, el opresor también es víctima y a corto plazo, las víctimas se ceban en otras víctimas». Y ahora combatimos en Europa la migración con más muros y más policía, con gobiernos y partidos que mantienen su éxito electoral a base de demagogia xenófoba, con más medidas de control en el Eurotúnel, convertido en la nueva Melilla en torno a la que merodean miles de sin papeles dispuestos a morir para cruzarlo.
En lo que va de año, cerca de 200.000 personas han sido rescatadas en aguas del Mediterráneo, hacinadas en ataúdes flotantes, y otras dos mil han muerto en el intento. En el mar más turístico del mundo nadan despreocupados bañistas sobre una balsa de cadáveres.
«La Europa que se está haciendo no es una Europa de las patrias, sino del dinero», ha declarado el hispanista Josep Pérez. Y el dinero necesita proteger sus fronteras. Aunque sepa que es inútil.