Diario de León
Publicado por
Jesús María Cantalapiedra. Escritor
León

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C ontrovertida y debatida historia ha protagonizado la Iglesia católica, a la que la mayoría de españoles pertenecemos, aunque sólo sea por el hecho de haber sido bautizados. San Pedro tuvo demasiados sucesores que pusieron en entredicho la sagrada función a la que, por errores o componendas maquiavélicas, fueron elevados al trono papal. De ahí la controversia y debates consiguientes que ha suscitado a través del tiempo. De Liberio a Alejandro VI —de la conocida familia Borgia—, pasando por Juan XII, Bonifacio VIII, o Inocencio VIII, en la nómina de sustitutos de San Pedro han existido pontífices de todo tipo: unos, santos; otros, perversos, herejes, disolutos, adúlteros, guerreros, extravagantes, libertinos y una cumplida relación de tocados con solideo blanco, para desgracia del mundo cristiano y católico. Hasta donde la memoria alcanza, posiblemente hayan sido los contemporáneos y de algún siglo atrás, quienes hayan cumplido con rigor su altísima función.

Y, de pronto, apareció Francisco; un personaje (nadie le titula Su Santidad) llegado del Nuevo Mundo para remover las conciencias de propios y ajenos, quizás debido a sus palabras, obras y talante de hombre bueno («Por sus frutos los conoceréis»).

Mas, este escrito no es una homilía al uso. De las pláticas se encargan los curas con mayor o menor acierto. Se pretende comentar el último gesto y palabras de Francisco referido a la situación de las parejas católicas divorciadas, porque la vida es así. «Siguen formando parte de la Iglesia», «No hay que considerarles excomulgados» —dijo recientemente—, entre otros argumentos. Hay quien se imagina que para escándalo del Colegio Cardenalicio y cuatro o cinco meapilas. La Iglesia actual y pretérita siempre tildó al divorciado/a de pecadores, insumisos, sospechosos y ovejas descarriadas sin perdón, sin tener en cuenta las causas que llevaron a la pareja al fracaso; sin posibilidad de vuelta al redil y aprovechamiento de lana, carne y leche. ¿Tiene algo que ver el divorcio con la posible religiosidad de los separados legalmente? Existen miles, millones de divorciados, que su deseo sería practicar la religión y sus sacramentos. Pero, hete aquí, se les niega. Si se acercan a un confesionario, lo primero que les impone el clérigo rancio es que deben romper con su primer matrimonio, si el penitente hubiere repetido nupcias civiles. O no hay perdón que valga. A veces, el confesor, tímidamente, insinúa la solución de nulidad del primer himeneo que antes llevaba a cabo el Tribunal de la Rota. Claro está, a base muchos denarios. De muchos denarios santificados por la curia central. Todo fiel o infiel conoce casos, sonados o no, junto con los argumentos para llevar a buen fin la cancelación de aquel fallido casorio. Algunos considerandos justificativos incitan a la risa a pesar de su seriedad. Y cinismo.

Así pues, aun repitiendo el titular, se insiste en «¡Viva Francisco!», si le dejan.

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