Diario de León
Publicado por
antonio manilla
León

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Y o tengo amigos con los que quedo una noche para intercambiar un libro de Camba por uno de Chesterton que todavía no hemos leído, tomarnos luego una cerveza y ver un partido de fútbol por la tele. Amigos con los que irme a pescar una mañana, preparar una churrascada junto al río para comer y terminar por la tarde echando una partida de mus en un bar pequeño y no muy elegante, pero en el que nos insultan por nuestro nombre. Y tengo amigas que no conoce mi mujer y que aún conservan ese desdén en la mirada de las mujeres de una pieza, pero que no son más que amigas, con una amistad de más de treinta años a las espaldas, a las que veo de tarde en tarde y evoco mientras me cuentan las cuentas de su vida y yo las de la mía, tan lejanas. Tengo también —como creo que toda persona debe tener— uno o dos sitios queridos, lugares en los que me gustaría vivir, cercanos e imposibles, sin los que la vida sería un poco más pesada sin la posibilidad de imaginarla en ellos. Tengo todas estas cosas inmateriales y otras pocas materiales que hacen la existencia más agradable, separándola de la corriente impetuosa del vivir. ¿Me convierten estas cosas en un hedonista?

Yo soy, o creo ser, sobre todas las cosas, un hombre casero. Tengo una casa de diario en un barrio amable de una ciudad menuda y habitable como esta, y en la casa una habitación pequeña forrada de libros donde converso con los muertos y me fumo aromáticas pipas con olor a cereza. Otra casa familiar en la montaña, donde disfruto en los veranos el fino aire del Torío que se afila al pasar entre los farallones de las Hoces de Vegacervera. Y una tercera, en realidad una simple habitación que tampoco es propia, a la que voy poco, cuando cada muchos años me lo permite mi economía, desde cuyas ventanas contemplo a mis pies el respirar cansado de todas las cúpulas desfallecientes de Roma, y respiro con ellas. Necesito las tres por lo que simbolizan: la realidad, la infancia y el deseo. Y sigo siendo casero en las tres, es decir, rutinario y previsible. Si la domesticidad no es con toda seguridad lo contrario del hedonismo, sí lo es del libertinaje. No hay libertinos en pantuflas.

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