EN BLANCO
Almacenes Catalanes
L eón es una tragicomedia que prácticamente ha tocado fondo, pues llega un momento en que el trapo ya no traga más agua. El suicidio colectivo del Estado del bienestar afecta de forma muy especial al pequeño comercio, que presenta un cuadro clínico casi terminal. Durante años ha soportado todas las penurias de la crisis sin aspavientos ni desánimos, pero el festival de agravios que padecen los negocios con solera, esos de toda la vida, provoca que muchos de los afectados hayan tenido que echar la trapa para siempre, una auténtica desgracia pública ya que todos mojamos en la misma salsa. El complejo desgaste que trae consigo una trayectoria de tantísimos años, pues su fecha de apertura se remonta a cuando jugaba Pichichi, ha puesto punto y final a los Almacenes Catalanes, incapaces de superar el imposible trámite de actualización de la renta antigua. Enclavados en el corazón histórico de la capital, en la castiza calle Platerías, la noticia me ha alterado los ánimos pues yo nací justo en el portal de al lado.
Dicen que los negocios no tienen corazón pero eso es mentira, pues los Catalanes siempre atendieron la demanda de la calle gracias al sinfín de propuestas y sugerencias que relucían en sus señeros escaparates, especializados en monos y ropas de trabajo. Fieles a los viejos usos y costumbres locales, la salvación de este tipo de establecimientos de sabor añejo se justifica por toda una batería de argumentos a favor: la empatía entre comprador y vendedor, la cercanía, la cordialidad en el trato… Su viabilidad y pervivencia dentro del ámbito doméstico es una cuestión prioritaria para preservar la quintaesencia de la tradición leonesa. Pero los mandamases siguen a los suyo, indiferentes a que el escenario capitalino se queda sin otro actor principal en el ajetreo económico de la ciudad. ¡Qué pena y qué rabia…!