Publicado por
ALFONSO GARCÍA
León

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Las nuevas tecnologías y el amplio acceso ciudadano a las redes de información han sido uno de los grandes avances de los últimos tiempos a nivel mundial, a pesar de que muchos países, por unas u otras razones, impidan, dificulten o limiten sus ventajas. Pero como todo elemento de progreso —bendito sea—, tiene algunos inconvenientes que es necesario regular. La legislación en algunos casos, la elegancia y la educación ciudadana siempre, deben correr parejas a los nuevos tiempos y situaciones. Viene esto a cuento, en primer lugar, respecto a la libertad de opinión y expresión, que defiendo a ultranza, faltaría más.

La libertad de opinión y expresión nunca debe confundirse con la provocación, más cuando esta se ampara en el anonimato. Infinidad de noticias en los periódicos de papel, en los digitales especialmente —en otros foros, por supuesto—, suelen ser objeto de comentarios de la más diversa índole. En general, es verdad, esgrimiendo razones o aportando puntos de vista. A mi juicio, esta actitud enriquece la noticia y hasta añade datos y detalles. El desacuerdo es bueno, incluso saludable y enriquecedor. Pero civilizado. Ocurre, sin embargo, que también se aprovecha el comentario de la noticia, a veces su simple anticipo, para descargar una serie vergonzosa —de vergüenza ajena con frecuencia— de insultos, improperios y descalificaciones. Un auténtico bochorno que la mayor parte nunca firmaría con nombre y apellidos. Los actos de cobardía se pasean con impunidad generalmente por parte de quienes solo tienen como propuesta la descalificación sistemática.

Otra cosa es el tema de la propiedad intelectual. Como quien no quiere la cosa, hay quienes fusilan y se apropian de textos y de imágenes en diversos foros con una naturalidad insultante, sin tener para nada en cuenta la autoría. Se da el caso de que textos publicados inicialmente en papel de forma suelta provoquen el enfado de quien lo fusila en la red cuando el verdadero autor lo publica en formato de libro. Hasta se siente agraviado. Menos mal que la datación impresa se convierte al menos en garantía. No digamos nada de las fotos, especialmente si son antiguas. Hay quienes simplemente las escanea de una publicación, las sube a la red y las protege con su nombre. Ni siquiera se da cuenta de firmas iniciales y cortes intencionados. ¿Se llamará a esto apropiación indebida?

El tema de la tradición oral es un aparte. Aunque sea patrimonio de la colectividad, el simple hecho de la investigación y puesta en valor de alguno de sus aspectos merece, y obliga, al mínimo reconocimiento onomástico del esfuerzo. Para algunos, por ejemplo, publicar con su nombre un libro de leyendas ya publicado —eso sí, cambiando pequeñas cosas— parece hasta normal, lo que viene a testificar que ciertas sabidurías se sustentan en graves desconocimientos. Ahí están los hechos. Y las pruebas que lo corroboran.

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