Diario de León
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diego carcedo
León

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L a crisis de los refugiados que están llegando en cantidades imprevistas está convirtiéndose en una prueba muy dura para la UE. Hasta ahora había un problema con la inmigración ilegal del que la mayor parte de los miembros se desentendían sin solidarizarse con los países que como España, Italia, Grecia o Malta tenían que afrontarlo. Pero de pronto la situación ha cambiado: ahora ya no se trata solo de inmigrantes que llegan sin permiso para entrar ni derecho internacional que avale sus deseos.

Ahora se trata de refugiados políticos que huyen de conflictos y fanatismos, y su acogida es obligada tanto por el derecho comunitario como por la autoridad internacional, de las Naciones Unidas. Europa Central sobre todo está enfrentándose en una situación muy difícil de controlar y encarrilar. Son muchos los que llegan y más los que seguirán viniendo si guerras como las de Siria, Irak o Afganistán no se resuelven pronto.

Recibir a tantas personas desesperadas ha despertado un respaldo emocional muy amplio entre la gente y bastantes Gobiernos. El cambio de actitud de Angela Merkel, consciente de que la cerrazón a admitirlos hería muchas conciencias, es paradigmático. Pero en paralelo con la reacción de tantas personas, conmovidas por el drama que viven los que buscan asilo, esta solidaridad no es compartida por otros gobiernos comunitarios lo cual dificulta que desde Bruselas se puedan tomar medidas eficaces para atenderlos.

Curiosamente, mientras los países veteranos de la Unión Europea, entre ellos alguno tan euroescéptico como el Reino Unido, están mostrando la mejor disposición para asumir cuotas de refugiados y prestarles las ayudas necesarias, son algunos de los nuevos miembros, encabezados por Hungría, los que se niegan a colaborar y a aceptar los cupos de refugiados que en el reparto les correspondería.

Son países de la antigua órbita comunista, con menor desarrollo desde luego que los más occidentales, pero también los que están recibiendo más ayudas comunitarias para levantar sus economías. Su actitud no es la primera vez que refleja deficiencias en su espíritu europeísta y reaviva la convicción bastante extendida de que su incorporación a la UE fue prematura. Unos años atrás en la Comisión se consideraba un éxito ampliar el número de miembros -un objetivo deseable por otra parte- sin evaluar con mayor rigor si cumplían las condiciones. Algunas veces se ha llegado a decir que a varios de estos países Europa les interesaba poco. El país al que estaban agradecido por la ayuda que les había prestado para librarse de la opresión comunista eran los Estados Unidos y que seguramente hubiesen preferido convertirse en una estrella de la bandera norteamericana a integrarse en una organización supranacional europea con la que no sentían identificados ni comprometidos más allá de beneficios que pudiera reportarles.

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