MARINERO DE RÍO
Sin derechos
L leva toda la vida doblando el lomo. Bien aplicado a la tarea, brega que te bregaré. Cuando montó establecimiento propio, comía y cenaba en la misma trastienda, y hasta descabezó algún sueño sobre la mesa del taller. Cotizó religiosamente, aportó sus contribuciones a la cosa pública sin faltar una —aunque rezongaba y denunciaba con muchos argumentos las trabas y amarres con que politicastros, burrócratas y sacergochos mantenían sometida a una humanidad fundamentalmente libre—. Y pese a esa independencia intelectual que ya se nos había hecho mítica, supo contribuir con escrupuloso respeto al mantenimiento de un sistema sanitario del que rara vez hizo uso.
Hasta ahora.
Ahora lo necesita. Y mucho. El destino arrea de vez en cuando unos soplamocos que te dejan temblando, pero en este caso ha dejado caer al paisano en los brazos de los médicos, de la familia y de la gente que lo quiere bien. Él, tan fuerte, tan expansivo, tan curioso, tan auténtico, ha regresado de golpe a su primera infancia —abrió los ojos en plena plaza de San Martín, y ese halo castizo, franco, callejero, se le debió meter de inmediato hasta lo más hondo del corazón—. Sólo en sus ojos azulísimos seguimos reconociendo aquella luz indómita con la que siempre brillaron. Ahora lo quieren mandar para casa. Y pensamos: ¿Vivimos en un Estado decente? ¿Es esto un sistema de salud justo, eficiente, ecuánime? ¿Cómo es posible que a una persona que lleva toda la vida ayudando a colocar los ladrillos del edificio se le dé una patada en cuanto hace ademán de entrar en un hogar que también es el suyo?
No se entiende. Y da que pensar sobre la creciente e inquietante desprotección que planea sobre un amplísimo estrato de la población —el del medio, autónomos y personas de nómina normalita, precisamente aquel que soporta todo el invento— en comparación con los de arriba —fraudulean y chanchullean sin pudor ni castigo— y con los de abajo —no pueden, no tienen, no saben—.
Sólo nos quieren por la pasta.
Y cuando se acaba el ordeño, aire.