MARINERO DE RÍO
Precarios del mundo, ¡uníos!
U n nuevo fantasma recorre Europa: el fantasma de la inseguridad laboral. Sobrevuela fábricas y oficinas, campos y polígonos, ciudades grandes y pequeñas, y allá por donde pasa va dejando su estela de desasosiego y de zozobra. «Ten cuidado con lo provisional, las más de las veces se acaba convirtiendo en permanente», avisaban los perros viejos de las redacciones, y en esto como en lo demás, tenían razón. Todos somos provisionales, temporeros del puesto de trabajo. Con cada año que pasa, meros accidentes de derechos menguantes, intercambiables piezas de un ajedrez planetario. El pajarito que le daba a la tecla en aquel episodio de los Simpson, cuando Homer decidió cogerse la baja por obeso (y en otro capítulo su sustituto fue un simple ladrillo colgado de una palanca). Porque parece creciente el número de empresas que tiran de talentos sólo y puntualmente cuando los necesitan, ni un día menos, ni un euro más. «Estamos contentos contigo (ya ni formalidad en el trato, ¿qué hay de aquel glacial ‘Gutiérrez, pase por mi despacho’?), de momento vamos a seguir así, ya veremos, puede que dentro de un mes marchen mejor las cosas…», dice el capataz en frases llenas de futuribles, y ojo que hay profesionales para quienes no es mal plan, cómodo y flexible si resulta posible el concilio, pero que no tiene pase alguno cuando, por sistema, se pone en la punta de la caña la zanahoria del contrato fijo.
Antes la empresa criaba a sus currantes como polluelos en el nido, y arreaba picotazos a las comadrejas que intentaban arrebatárselos. Ahora caen los aguiluchos al suelo y ni se molestan en mirar los cadáveres. La llamada crisis —¿y si no fuera paréntesis sino un peldaño más en la evolución del sistema?— ha ofrecido en bandeja un nuevo tipo de relación laboral, la del trabajador precario para quien la alienación del Manifiesto sería una especie de impensable paraíso del proletariado. El miedo se ha convertido a la vez en enlace sindical, convenio y látigo, el mejor de los fichajes. Habría que ver a Marx y a Engels charlando con el zorro de Antonio Núñez cuando recomendaba aquello de: «Tú guárdate unos días libres pa San Froilán, que es cuando a la empresa le suele dar por hacer cambios…».