Publicado por
JUAN CARLOS FRANCO
León

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En esto de la educación de las futuras generaciones hace tiempo que ya debimos habernos rendido. Un momento que se nos comenzó a mostrar con toda su crudeza cuando nuestros jóvenes se lanzaron a eso mensajearse con el móvil sin importarles que lo de ‘tocarse los güevos’ fuese un error por partida doble si se hace sin hache. De un suspiro y con un simple click pasamos de los jasp a los ni-nis para terminar todos, con el paso del tiempo, absorbidos por ese agujero negro de la indiferencia ante la incultura. ¡Si hasta la RAE parece empeñada en agitar la bandera blanca antes de enfrentarse a la legión que opositará a arbañil o la multitud que se matriculará en esa nueva FP para aprender a hacer cocretas!

Y es que la deriva en la que nos encontramos —en la que hasta los ocupantes de los sillones de la Ñ mayúscula y la I latina, así como del resto de letras del abecedario, parecen haber sucumbido al ‘si no puedes con tu enemigo, únete a él’— no barrunta nada bueno. Se ha dado vía libre a lo de cambiar gramática por religión o valores, ciencias por nuevas tecnologías y filosofía por sus labores. Todo sea porque nuestros niños no pillen ningún trauma con los diptongos o los quebrados, o a nuestros jóvenes lo de leer a Kant o Sartre les haga cuestionarse algo de su virtual existencia.

Desde que la EGB nos dejó, nos hemos comido tantas reformas y contrarreformas educativas que hasta haría falta un convertidor —del tipo del que calculaba el redondeo de los euros tras abandonar la peseta— para comparar los niveles de nuestra enseñanza. Hemos pasado de no tener más opción que elegir entre Ciencias o Letras, Dibujo y Hogar, —¡Y apáñatelas como puedas con eso! —, a confeccionar un entramado en el que lo importante parecería ser que los escolares estuviesen en clase en vez lo que hacían allí. No me extraña la desmotivación de alumnos y el hartazgo de profesores. —a los que ahora les pretenden recuperar a base de electroshock, tocándoles lo que, para algunos, es lo más importante: la cartera—.

Y luego nos hacemos cruces por los desfalcos económicos que, día sí y día también, conocemos de nuestra clase dirigente. No nos duelen prendas en pedir para ellos el patíbulo por considerarlos responsables de nuestra situación económica. Pero ¿qué habría que pedir para los que se han cargado nuestra Educación? Nuestro futuro.

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