TRIBUNA
Un terremoto muy poco natural
L os desastres naturales sólo tienen de «naturales» el nombre. El nivel de destrucción que provocan no depende de la intensidad del terremoto, del huracán, o de cualquier otro fenómeno violento, sino de su incidencia sobre una sociedad bien o mal preparada para resistir la crisis. No fueron una excepción los seísmos que en 1812 contribuyeron a hundir la primera república venezolana. Miles de personas murieron, la destrucción material fue incalculable, el efecto psicológico devastador.
En Desastre, independencia y transformación (Universitat Jaume I, 2015), el antropólogo e historiador Rogelio Altez ofrece un estudio modélico sobre como un hecho imprevisible incidió en un mundo que ya se encontraba en una situación crítica. De hecho, los independentistas venezolanos tendieron a culpar al desastre de su fracaso porque así se excusaban de reconocer su deficiente gestión. Un observador español, Blanco White, lo supo ver con agudeza: «Claro está que los afectos a los principios revolucionarios del congreso de Caracas insistirán en que el terremoto, y no sus errores políticos han sido la causa de esta ruina». A este progresista, simpatizante de la causa americana, no le convencía el tópico que apuntaba a la supuesta superstición del pueblo venezolano, que habría visto en el temblor de la tierra un signo inequívoco del castigo divino por la rebelión contra el rey.
A Rogelio Altez la excusa de una ciudadanía «sugestionable» tampoco le resulta plausible. Su obra destaca no sólo por la amplitud de la investigación documental, fruto de las pesquisas en múltiples archivos venezolanos. Lejos de un positivismo estrecho, los datos empíricos adquieren sentido dentro de un sólido marco teórico, el que plantea que debemos dejar de concebir la independencia como un acontecimiento espectacular, se trate de un decreto, una batalla o cualquier otra cosa. La separación de España, por el contrario, consistió en un proceso. Como tal, poseía una naturaleza de carácter histórico que el investigador ha de entender. De la misma manera, el terremoto de 1812 ha de pensarse como «un producto histórico, social y cultural, y no un hecho sin un antes y un después, que tiene lugar en un contexto en particular».
La pregunta decisiva, por tanto, se refiere a la razón o razones que hicieron tan vulnerable a un cataclismo geológico a la Venezuela de principios del siglo XIX. Eso significa, como muy bien explica el autor, adentrarse en la fragilidad de sus infraestructuras. La fragilidad de las edificaciones provocó su fácil reducción a escombros, de los que muchas veces no se pudo rescatar a los cadáveres. Sencillamente no había medios para proceder a los trabajos de limpieza y reparación.
Pero no nos podemos quedar aquí. También necesitamos analizar las desigualdades sociales y económicas en un lugar concreto y un tiempo determinado, así como las circunstancias políticas. La destrucción no se producía en el vacío sino dentro de una coyuntura política adversa, marcada por el intento de la burguesía criolla de construir un Estado con el que satisfacer sus intereses de clase. En un mundo de castas, la discriminación del «inferior» se consideraba tan natural como el aire. Para comprender cabalmente lo que sucedió, Altez comienza con el análisis del hundimiento del régimen colonial. Su derrumbe implicó la desestructuración de la sociedad, manifestada, por ejemplo, en el miedo a la igualdad por parte de las gentes más acomodadas. El colapso del sistema se tradujo, sobre todo, en una explosión de ira que convertiría las guerras por la independencia en una ola de violencia dantesca: «Todos agredieron a todos, y quizá esa fue la condición más reveladora del desmoronamiento de un orden social e institucional, pero sobre todo simbólico».
El contexto internacional tampoco resultó ajeno a la tragedia. Ante la desaforada magnitud de la misma, el gobierno de Caracas solicitó ayuda al de Washington. Los norteamericanos aprobaron el envío de provisiones en lo que fue, seguramente, el primer ejemplo histórico de ayuda humanitaria entre naciones, aunque una de ellas aún no tuviera reconocimiento internacional. El gesto, por desgracia, acabó en desastre: los españoles capturaron cinco navíos cargados de harina. Estados Unidos, mientras tanto, se negó a reconocer a la primera república venezolana. Antes quería asegurarse si sus ciudadanos resultaban aptos para mantener un sistema liberal.
El costo de la guerra había alcanzado un nivel intolerable. El Estado se hallaba en quiebra, el comercio se extinguía, la agricultura se había hundido… Desesperadas ante la evidencia de que sus planes se venían abajo, las autoridades hicieron todo lo posible para obtener el reconocimiento extranjero. Para ellas, se trataba de una cuestión de vida o muerte. En unas circunstancias extraordinarias, en la que se revelaban insuficientes los medios comunes, acudir a los extraordinarios constituía el único camino posible. De ahí que se plantearan opciones que limitaban la soberanía nacional, como ofrecer la isla de Orchila a los rusos.
El autor se distancia radicalmente de la historiografía nacionalista, acostumbrada a percibir la independencia como un instante de gloria. La de un Simón Bolívar, por ejemplo, al no dudar en enfrentarse durante el terremoto a la furia de la Tierra. «Si se opone la naturaleza lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca», se acostumbra a suponer que dijo. Altez, sin embargo, duda de la veracidad de la escena. El relato excluye la música de clarines o el flamear al viento de las banderas. No hallamos épica triunfalista, sí una hecatombe tan calamitosa que dejó a las víctimas desprovistas de capacidad de respuesta. Venezuela nació con las raíces torcidas, sumida en un desorden del que también dan cuenta las fuentes patriotas.
El Generalísimo Francisco de Miranda, por ejemplo, recibió un mensaje que reflejaba el dramatismo de la situación: «Aquí estamos en una completa anarquía, todos mandan, ninguno obedece». La galopante crisis económica, a su vez, hipotecó el futuro al crear un agujero del que sólo podía haberse superado con una prolongada prosperidad. No fue el caso. En consecuencia, a juicio de Altez, no puede decirse que Miranda actuara como un cobarde al negarse a continuar la lucha. Su actuación debería atribuirse, más bien, al reconocimiento de que el combate estaba ya perdido.