Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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L o importante es no tomarse las cosas a la tremenda, que las taquicardias las carga el diablo. Galicia nos ha quitado no sé qué trozo de los Ancares. ¿Va a dejar por ello de gustarnos el pulpo a la gallega? Quién más y quién menos todos somos sentidiños con lo nuestro, pero nada hay que no se pueda solucionar. El presidente de nuestra Diputación, Juan Martínez Majo, es político prudente y no tocará a arrebato. Hablando se entiende la gente, que dijo Atila. Porque hay quien hace de todo un Titanic. Leo que el padre de Juan Carlos Monedero se va a presentar por Vox. De primeras, al retoño le habrá chocado, pero ¿va a dejar por ello de regalarle una corbatina en reyes? Aquí en León tenemos un conocido político socialista, ya retirado del candelero, cuyo hijo militaba en el PP. ¿Dejaron por tal menudencia de darse las buenas tardes cuando coincidían en el pasillo? Supongo que no. El Barça le ha cascado cuatro goles al Real Madrid, porque mi mujer sea culé ¿voy a dejar de cantarle «visigoda, visigoda no eras tú la que decías...?» Eso sí, dedos en la herida, tampoco. Hay personas que disfrutan metiendo cizaña. Si estás con Napoleón y te pide el cuerpo cantar una de Abba, ¿tiene que ser ‘Waterloo’?

Seguro que no faltarán quienes a Majo le estén instando a declarar la guerra a los gallegos. Tampoco es eso. Sentido común, qué diría don Mariano. A partir de cierta edad, el único sobresalto admisible es que te toque la lotería. O que te digan que Jennifer López pregunta por ti, claro. A servidor el disgusto de los cuatro goles no me zarandea el nirvana. ¿Cuándo dicen que fue? ¿Están seguros que fueron cuatro?

Esta es una columna guasona, pero las tenía también tristes. Este fin de semana mandé un correo electrónico a un muy querido amigo, que vive desde hace años en Bruselas, desempeñando un importante puesto en un hospital. Pensé en la situación estresante y dramática que viviría si se produce un atentado terrorista. Me contestó enseguida. Está bien. El domingo escuché a un sacerdote decir en un funeral: «como se dice en los pueblos, alegrías y pesares... aunque no los buscares». Sí, la vida es eso. Lo único que podemos hacer es reír y llorar juntos. E intercambiarnos esperanza.

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