TRIBUNA
Gallo que no canta...
S upongo que la primera música que el hombre escuchó (más bien ruidos, como alguno en la actualidad), fue el producido por los truenos de las terribles tormentas, y sonidos emitidos por animales neonatos y adultos. Con la aparición de hombres y mujeres era necesario comunicarse a base de voces en distintos tonos, después de haberse puesto en contacto golpeando diferentes objetos: troncos, piedras, huesos, cocos y cualquier cosa que tuvieran a mano. Más tarde abandonarían sus gruñidos, supongo, para tratar de imitar los sonidos emitidos por animales, aves. Les parecían más estéticos y agradables que los de felinos, saurios, cuadrúpedos, y otras fieras irascibles. Comenzarían, por ejemplo, croando y, más tarde, silbando cual delfines, o cantando y gorjeando en clara imitación al canario. Los menos dotados rebuznaban, mugían o berreaban; los tontos cacareaban, es decir, «cantaban la gallina»; como ahora ciertos políticos, a los que habría sido obligado cantarles más que las cuarenta (en bastos) el 20 de diciembre último. Sobre todo a los que desafinaran. No obstante, la música, el cantar tal como lo concebimos hoy, se asegura que proviene de la Antigua Grecia. Para mejor coordinar la canción utilizaban instrumentos musicales. Verbigracia: liras, arpas, cítaras, y una especie de pandero aún en vigor.
Pero, no es mi intención escribir hoy sobre pitos, flautas o panderos griegos, ni de política. No. El fondo de esta tribuna es otro, aunque no es virtuoso hablar de tiempos pretéritos. No existen. Pero, llegadas las Navidades y el 1 de enero, sobrevienen recuerdos de hace unos cuantos años, referidos a la condición canora de los nacidos a orillas del Bernesga; primordialmente de cuantos vivaqueaban por el Barrio Húmedo cantando entre vino y vino. Mejor: entre muchos vinos, hasta la madrugada. De aquella todas las tabernas y bodegas del lugar echaban la trapa a altas horas: cuando los parroquianos, ahítos de morapio fiero, entonaban la última canción, «Asturias Patria Querida». Era la culminación final (no sé por qué), de una noche de libaciones y platos de callos no menos fieros, por culpa del abrasivo y generoso pimentón picante. ¡Que manía con el condimento! No es bueno para cuerpo y alma.
Llegado el tercer vino peleón, acre, comenzaban los conciertos corales interpretados por grupitos de cuatro, ocho o diez personas, (las mujeres en casa) entre los que se encontraba gente mayor y jovenzuelos en perfecta sincronización cronológica, que no musical. La primera canción, bastante pelma, aunque con la letra bien sabida, inevitablemente era «A la luz del cigarro voy al molino». Inacabable. Finalizada ésta daban comienzo otras murgas muy bien desafinadas, de casi todo el norte del país (la mayor parte de tenores y barítonos decían que leonesas) y, ya con muchos claretes en sangre, algún iniciado se arrancaba por sevillanas, seguido por el resto de conjuntos músico-vocales. Algún señor de cierta edad entonaba tangos porteños. En el momento que los vapores etílicos casi se convertían en sólidos cual puré, la mayoría de coros, al unísono, ensayaban el conocido villancico «Saca la bota María, que me voy a emborrachar». Como colofón, la repetida «Asturias Patria querida», ya parecida a muñeira.
Y, ¿qué ocurre en la actualidad? Nada. Desaparecieron los cantores. Nadie tararea bonitas canciones regionales. Los clientes de mediana edad salen a fumar a la calle entre vino y vino; los que dejaron el vicio hablan de los cuñados o de su suegra. O callan. Los jóvenes, ensimismados con la tableta y el iPhone 6s plus, bizcos, son ajenos a cuanto les rodea. Esperan la contestación de Ainoa vía whatsapp, o escuchan la última de Katy Perry o Justin Bieber. Si son más chapados a la antigua, a Madonna.
¡Dónde vamos a parar! Así no se recuperan los valores de España. Y, mientras, los políticos dale que te pego luchando sin descanso la semana de siete días por un futuro mejor para toda la ciudadanía. ¿Que tienen alguna cosilla? Y quién no. ¿Es que usted no ha dado el cante alguna vez, igual que ellos? Por ejemplo, ¿cuánto tiempo lleva su señora diciéndole que hay goteras en el trastero y, ni caso?
Así no vamos a ninguna parte. «Gallo que no canta…! Sigamos el ejemplo de quienes tanto debemos, y llamemos de una ´jodía` vez al fontanero. Los hay a montones, deseando trabajar para llevar a su humilde hogar el pan de cada día. ¡Feliz Año Nuevo!