Salvar a los trileros
L as calles serían más transitables, pero también menos divertidas, si no hubiera esos prestímanos del cubilete. Sus clientes saben que en uno se esconde lo que buscan, ya que no puede huir.
No es mala proporción si se la compara con algunos partidos políticos donde aunque haya un jefe único los que mandan son más de tres, como en el Consejo Europeo.
Su duro consejo a los potenciales inmigrantes económicos ilegales no se presta a interpretaciones: «No vengáis a Europa, no creáis a los traficantes, no arriesguéis vuestra vida o vuestro dinero. Todo es en vano».
Es el mejor eslogan antiturístico de la Historia, pero el más eficaz sigue siendo darle con la puerta en las narices a los que quieren entrar olfateando la comida. El primer ministro de Grecia, Alexis Tsipras, quiere que se sancione a los países que no cumplan los acuerdos para el reparto de refugiados. Lo que ocurre es que son muchos y la escasez no da para todos. Ningún país quiere ser de tránsito porque sus indeseables huéspedes lo que desean es quedarse.
La hospitalidad ha muerto, pero Mario Draghi no quiere enterrarla y ha sorprendido a los inversores, incluso a los más o menos presuntos, abaratando el dinero, que siempre ha valido lo que cuesta ganarlo, salvo deshonrosas excepciones.
El presidente del Banco Central Europeo sabe que los pobres salen carísimos y hay que auxiliarlos antes de que otros, más pobres todavía, vengan a meternos la mano en el plato. El llamado viejo continente está ejerciendo la virtud de la caridad en defensa propia.
Teme que si no reparte algo puede quedarse sin nada y ha decidido repartir dinero bajando el tipo de interés al cero por ciento, o sea, al cero pelado, que es el que se puede confundir con el desinterés, pero sigue favoreciendo a los trileros.
Ellos saben que su kiosco es móvil y que las facilidades de negociación se convertirán en dificultades para vivir en toda la zona euro. Cuando después de acabarse el petróleo se acabe el carbón.