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La otra pasión
Precisamente hoy que iniciamos la Semana Santa, o semana de pasión, puede tener más sentido recordar la otra, que no es sino la que —como su propio nombre indica— padecemos los leoneses desde hace ya demasiados años.
Cuando a mediados de los setenta llegó la actual democracia a España, una vez más León tuvo que olvidar sus derechos en favor de la convivencia, por aquello de que había que hacer lo que era mejor para todos. Pero nos engañaron. Ahora lo sabemos. Claro que no se hizo lo mejor para esta tierra, eso está demostrado. Claro que se habló de los territorios históricos, sin que nadie se acordara de Asturias y de León, que fueron el principio de esta historia. Claro que a esos otros territorios menos históricos se les reconocieron unos privilegios. Claro que a ellos no se les pidió olvidos en favor de la convivencia, sino que se les reconocieron derechos para que aceptaran convivir con los demás...
Podemos ser pesados recordando esto, pero es que León siempre se ha sacrificado por España y por el resto de la Comunidad, sin obtener ni tan siquiera migajas. ¿Que otra provincia, boyante en aquella década ha llegado a la actual habiendo perdido más de la cuarta parte de su población?
Nos engañaron y lo siguen haciendo. En pro de la descentralización se crearon las autonomías. Y lo único cierto es que Valladolid está a mitad del camino a Madrid. Pero la dependencia no es la misma, sino mayor. Los problemas leoneses como el carbón y la leche, primero hay que ventilarlos en Pucela. Y cuando, por fin, la Junta está de acuerdo hay que ir a rogar a Madrid, donde el ministro Soria reniega de su apellido y no quiere saber nada con la Comunidad. Dicen entonces que quien manda es Bruselas. Y después de mucho tiempo (inconcebible en la era de Internet) nos enteramos de que allí no se ha presentado ninguna petición al respecto.
Ahora comentan que sobran las diputaciones. Por lo menos el palacio de los Guzmanes lo tenemos al lado y siempre podemos hacerles llegar nuestras quejas. En Valladolid son medio sordos a ellas. En Madrid no les llegan ni los ecos. Y en Bruselas no saben dónde está León ni tampoco los diputados que elegimos para Europa y que nunca se acordaron de la provincia... La otra pasión es la que nos queda por sufrir cuando se cierren los tajos y ya no quede una gota de leche.