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EL CORRO PEDRO VICENTE
León

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T res meses y un día después de las elecciones de diciembre, todo el mundo coincide en que estamos igual que al día siguiente. Y en lo referente a la situación de bloqueo para formar gobierno, evidentemente es así. Pero lo peor no es que no se haya avanzado nada en ese punto, sino que entretanto se han ido sucediendo acontecimientos que han deteriorado aún más nuestra maltrecha calidad democrática. Verbigracia, Mariano Rajoy y su gobierno han protagonizado dos hechos inéditos, que además han puesto de relieve otras tantas graves lagunas de la Constitución del 78. El primero fue su insólita negativa a someterse a un proceso de investidura, ejemplo que, de haber sido secundado por las demás fuerzas políticas, podría haber alargado sine die el bloqueo. El segundo ha sido la no menos insólita negativa del gobierno en funciones a someterse al control del Parlamento, un sinsentido democrático que provoca un conflicto institucional sin precedentes.

Excepto el PP, anclado en un total inmovilismo, los otros tres principales partidos han ido moviendo ficha y jugando sus bazas, aun a riesgo de pasar por encima de promesas electorales y moldear postulados hasta rozar aquello de «estos son mis principios; si no le gustan tengo otros», que dijera Groucho Marx. Todo ello con un ojo puesto en la posible negociación y el otro en la repetición de las elecciones.

Pese a la mucha impostura tacticista —o precisamente por ella—, lo cierto es que de una u otra manera todos se han ido retratando. PSOE y Ciudadanos siguen aliados para compartir la centralidad del tablero, al punto que Sánchez calificó a su partido de «centro izquierda» y al de Albert Rivera de «centro derecha». El objetivo último de los socialistas no era otro que poner en el disparadero a Podemos, que, habiendo sido excluido de esa negociación, es presentado como responsable de la falta de acuerdo para desalojar al PP del poder y, por ende, de la repetición de las elecciones.

Y en ese disparadero está de hoz y coz Podemos, con el agravante de una profunda crisis interna sobrevenida que complica extraordinariamente sus expectativas electorales, precisamente cuando, desde aquella arrogante oferta de gobierno de coalición planteada al PSOE, transmitió la impresión de apostar desde el minuto uno por unos nuevos comicios. Atrincherado el PP, que asiste impertérrito al paso del calendario, no hay que descartar que el vértigo de una nueva convocatoria electoral obre a última hora el milagro de un acuerdo de mínimos a varias bandas que posibilite la investidura de Sánchez. Pero, de producirse, no sería hasta finales de abril. Hasta entonces nos aguarda más de lo mismo.

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