Diario de León
Publicado por
panorama LORENZO SILVA
León

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E l presidente Barack Obama apura los últimos meses de su mandato, una etapa en la que los norteamericanos conocen como pato cojo a su jefe del Estado. Es ese pato cojo el que aterrizó el domingo en La Habana, en un gesto que seguramente supone un punto de inflexión en la Historia y que demuestra para qué sirve un líder. Mintras tanto Europa consumó su pacto ignominioso con Turquía para repeler y estabular allí a los refugiados que llegan a su territorio, huyendo de una guerra que ha devastado varios países a cuyo devenir histórico reciente no puede Europa afirmar, dicho sea de paso, que haya sido completamente ajena. Es la clase de acuerdos que se firman cuando se carece de una figura capaz de idear y proponer a la ciudadanía una solución de más ambición y mayor aliento, la clase de apaño que elige esconder bajo la alfombra los problemas en lugar de enfrentarlos y, como ahora se dice en todos los manuales de gestión, convertirlos en oportunidades. Con su vergonzante trato a los refugiados, Europa no sólo ha mostrado su falta de dignidad, sino algo peor: su impotencia para encajar un golpe que le guste o no, sea justo o no, le corresponde, y cuya gestión se rebaja a subcontratar a una potencia mercenaria que no va a resolverlo sino a esconderlo convenientemente, del modo en que más le convenga a ella y sin muchas contemplaciones. Es lo que pasa cuando al timón, aceptémoslo, no hay nadie.

Esa misma orfandad, pero en grado supino, la padecemos ahora mismo los españoles, que cometimos el 20-D el error de depositar nuestra confianza en dirigentes que en estos dos meses han demostrado, por activa y por pasiva, no merecerla. No se trata de establecer una jerarquía ni una atribución de cuotas de responsabilidad a cada uno: como conjunto, su fracaso y su incompetencia resultan clamorosos, y desde el punto de vista individual alguno se ha precipitado a las más hondas simas de la estolidez y del ridículo. El resultado es que una sociedad con desafíos monumentales, desde el socorro a una buena parte de su gente arrojada a la exclusión social durante la crisis hasta la inaplazable refundación constitucional, chapotea en un tedioso fangal infestado de fantasmas del pasado, sin que nadie muestre la grandeza o la lucidez necesarias para salir de ahí. Entre tanto, la nave va, porque cada mañana millones de marineros se levantan y ocupan su lugar. Y por eso no se hunde, pero tampoco avanza, tristemente, hacia ningún puerto.

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