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río arriba miguel paz cabanas
León

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P ara muchas personas la frontera que señala el paso de los años suele ser el inicio del ciclo escolar y para otros, claro, el Año Nuevo. Para mí, desde hace justo tres años, es la Semana Santa. Por estas fechas me encontraba yo enchufado en la UCI, como un cristo con taparrabos, sin más compañía que unos cables y una penumbra violeta y helada. Allí estaba, padeciendo mi calvario particular, mientras los médicos hablaban de axones fulminados y de que seguramente no podría volver a ponerme en pie. Ahora, tres años más tarde, entro andando en Casa Tino y descubro al fondo a un amigo a quien le gusta madrugar y que lee con parsimonia el periódico del día. Pasa de golpe las veinte o veinticinco páginas dedicadas a la Pasión y arroja una mirada fatigada sobre la grimosa política nacional. Yo dejo de escuchar «In the name of the father» en los cascos y le oigo decir: «Estas fechas donde se mezcla el fervor de muchos con el postureo de bastantes» y por un momento dudo si se refiere a los nazarenos o a los señores que aspiran a gobernarnos. Sonrío y me quedo mirando la limonada donde se balancea con melancolía pegajosa una rodaja que, según una tradición vernácula, sirve para ‘matar judíos’. A mi amigo, que es agnóstico, le parece abrumadora la presencia de manifestaciones religiosas en calles que son de todos y lamenta que este año, por un asunto de salud, no haya podido desaparecer de León. Cuenta que Julio Llamazares, durante un vuelo, le escuchó decir a Antonio Gamoneda: «Qué puedes esperar de una ciudad en la que la mitad de la población se pasa el año esperando a que llegue la Semana Santa para tocar el tambor y marcar el paso». La verdad es que uno agradecería menos dosis de ruido y, en consonancia con el espíritu cristiano de los primeros tiempos, menos pomposidad fúnebre y tremebunda. Me vuelvo a ver a mí mismo tres años antes, rezando el padrenuestro en aquella soledad aterradora de la UCI, que en algo se parece a la de la muerte, diciéndome, vamos a ver, Miguelín, si existe realmente Dios qué va a pensar de un tipo que defiende con ardor las tesis de Darwin y me acordé de esa máxima médica cargada de sarcasmo según la cual hay más creyentes a las puertas de los quirófanos que a las puertas del Vaticano. La mañana amenaza lluvia, así que no sabemos si hoy saldrá la procesión, lo que probablemente aflija a muchos leoneses, mientras mi amigo, que es un hombre culto y apacible, se encoge de hombros y me invita al café. Yo me voy poco después, con las manos en los bolsillos y al sacarlas, ya en la calle, descubro una pelusa en la que se mezclan canciones, entradas de cine y una plegaria efímera que se lleva este viento luminoso de finales de marzo.

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