Hacer pis en lo más barrido
E l oficio del artista, al menos desde el conde de Lautréamont y los surrealistas, tiende al exabrupto, a concebir su función como una profanación. A «épater le bourgeois», que es como se dice en francés hacer pis en lo más barrido. Todo lo contrario que el oficio del juez, que debe tender a la prudencia, a la sensatez y al miramiento. Javier Krahe hizo un cortometraje en el que una voz en off explicaba paso a paso la receta para cocinar un cristo crucificado, aderezado con mantequilla y hierbas aromáticas. Los jueces quisieron crucificarlo. El artista Abel Azcona mantiene un pulso en los juzgados por componer con hostias consagradas la palabra «pederastia». A la poetisa Dolors Miquel la quieren en el talego por una sacrílega versión del padrenuestro. Por todas partes cuecen esas habas, en Francia a Michel Houellebecq lo juzgaron porque se le ocurrió decir que «la religión más idiota es el Islam».
Cuando la fetua contra Rushdie apareció en Londres un cartel que decía: «Avisad a Voltaire». El francés era un comecuras que gritaba: «Aplastad al infame, aplastad al infame». ¿Quién era el infame? Pues el fanatismo, el mismo que ahora mata a destajo, urbi et orbi. Todos estuvimos en las trincheras de Twitter y de Facebook gritando que éramos Charlie cuando el infame asesinó a doce personas, dos de ellas policías que intentaban proteger del fanatismo a los dibujantes satíricos. No fue necesario estar de acuerdo con los sinvergüenzas de Charlie Hebdo para reivindicar su causa, porque intuíamos que cercenar el derecho a la blasfemia nos hacía cómplices de los bárbaros.
En una sociedad como Dios manda, incluso el nombre de Dios puede mentarse en vano porque a la expresión le asiste el derecho de desviarse del río principal, de la corriente socialmente aceptada. Si acercamos el oído a un país y no se escucha la burla o la sátira, seguro que se trata de una tiranía; por el contrario, la libertad de blasfemar, sobre todo en las cuestas muy empinadas, es la garantía de una sociedad libre. El Tribunal Supremo de Estados Unidos entendió bien que una sociedad libre debe distinguir entre lo que puede molestar y lo que podemos castigar, puede molestarnos el sacrilegio, pero solo debemos castigar la incitación a la violencia. Por eso los jueces sentenciaron que «el hecho de que la sociedad pueda considerar ofensiva una expresión no es razón para suprimirla. Al contrario, puede ser motivo para que esté constitucionalmente protegida». Castigar la blasfemia es cosa medieval, cuando las leyes de los dioses esgrimían lo sagrado como garrote intimidatorio. Ese pasado imperfecto todavía es roñoso presente en ese medio mundo que proscribiendo la irreverencia toca el corazón de la libertad.