Antonio del Valle
La falta de voluntad política escribió la esquela del carbón, con un ministro nada ejemplar al frente. Ciento veintitrés años después de su puesta en marcha, la Hullera Vasco Leonesa —la Vasco en el lenguaje de la cercanía— puso fin, como consecuencia, a su larga y ejemplar trayectoria. Por esos días de impotencias e incertidumbres falleció Antonio del Valle Menéndez, el que fuera cabeza visible durante las últimas décadas de la compañía minera, el motor de su modernización y el alma de su viabilidad en tiempos difíciles. La energía del proyecto, la visión de futuro y la obstinada confianza de la bondad del diseño que trazaba con pulso certero. Solo así fue capaz de reinventarla permanentemente, de buscar ante cualquier desafío sus propias alternativas y soluciones. Con la primera pérdida, todos cuantos nacimos y crecimos al amparo de aquel carbón hemos perdido un poco nuestras señas de identidad, un estilo de vida que no es mejor ni peor, pero sí propio. Con la segunda, la figura de un empresario de raza y vocación, de cuño forjado en la lucha ilusionada de las convicciones, los riesgos inevitables y los desafíos. Uno de los empresarios del impulso económico de León, que dio entidad a un proyecto múltiple que supuso el avance de esta tierra hoy sumida en la dejadez y el silencio. Un ejemplo.
Además del dolor que siempre acarrean las pérdidas, la figura de Antonio del Valle, don Antonio, trae ahora a mi memoria la intensidad de los momentos compartidos durante el largo proceso de preparación del centenario de la Vasco, cuyo retrato humano me pidió que dibujara en un libro. Aquella fue una ocasión para conocer de cerca al trabajador que apenas conocía el descanso ni los horarios: cualquier día y hora eran buenos para bajar a la mina y mostrarme los avances incorporados, para pasearla, vivirla y explicarla. Siempre con una particular y razonada visión de las cosas, sometida, eso sí, a una austeridad personal cuyo ritmo era difícil de seguir. Si pública y notoria fue su vocación humanista, las largas conversaciones para la comprobación de datos, hechos y acontecimientos permitían la escapada por los más insólitos vericuetos: la curiosidad, sustento de no pocos saberes, fue siempre norma de su permanente inquietud.
No queda espacio para más. He de concluir alegrándome de la suerte de haber conocido a un hombre excepcional cuya vocación marcó una forma de vida y una época en que generar riqueza tenía una importante proyección social. Gracias.