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en blanco javier tomé
León

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Quizá seducido por el optimismo primaveral, y puesto que el poder, el dinero y la mentira nos siguen manejando a su antojo, he decidido seguir el atinado consejo de mi amigo el padre Prudentius y acabo de apuntarme para la próxima edición de Quiero ser monja, el extraordinario programa de la Cuatro que se dedica a la pesca de almas tan descarriadas como la mía. Uno ya está muy guitarreado y con este paso pretendo redimir de alguna manera mis muchas culpas, ya que siento cómo se acerca a marchas forzadas la situación de eterno descanso horizontal que ofrece la necrópolis de Puente Castro, algo que me temo sea para bastante tiempo. Así que antes de que caiga el telón quiero tomar la decisión correcta, llevado por el deseo de hacer borrón y cuenta nueva, porque la pervertida cizaña de las doctrinas disolventes ha calado hondo en este valle de lágrimas terrenal, convirtiendo la vida en un museo de memeces.

Voy a dejar para siempre todas las complejidades y desvaríos de las pompas mundanas y pediré el rescate espiritual que ofrece, por ejemplo, la Misión Pentecostal de San Juan. O la simpática Sor Citroën, repartiendo buen rollo y catecismo desde su entrañable cochecito. Quiero ser monjo, y no se lo tomen a risa, porfa. Asegura la morralla anticlerical que las creencias espirituales evidencian una suerte de enfermedad mental, de desvarío que lleva, por ejemplo, a que a Santa Teresa se le ponga el brazo incorrupto. No, señores descreídos. La religión es un hábito —y nunca mejor dicho— como otro cualquiera, especialmente recomendable cuando la vida se te pone dura con las espuelas. Y aunque no existe nada más nefasto que las certezas absolutas, creo sinceramente que me ha llegado la hora de silenciar los cantos de sirena de la vida frívola y estar preparado para recibir el ósculo del Señor. Así que llevado por una nueva ética de responsabilidad y respetabilidad, pediré el ingreso en el convento audiovisual de televisión para consagrar mi existencia a Dios y olvidar para siempre el trance de congoja que produce la necia disipación moral. Amén.

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