Horas con Mario
C ontra Amilivia se vivía mejor, asumió al fin la progresía de la ciudad y los puretas que se creyeron eso de que el desarrollo viene envuelto en papeletas electorales y chocolatinas de populismo, así como quien le duele la cabeza y se mete un chute de paracetamol. El ex alcalde se plegó al percatarse de que no le bastaba ser junco frente a la riada que desembalsaron para jubilarlo cuando vio a las mismas fuerzas vivas de la ciudad, aliados que creyó fraternos, al frente de los buldozer que arrasaron los vestigios del reinado. Porque fue rey; rey de la política en arenas movedizas en las que resultaba tan difícil atollarse como mantenerse en pie. Y aguantó, hasta volver de un destierro y tomar las riendas del partido, liderar la primera mayoría absoluta en el municipio, arrinconar a los rivales internos, y confinar a la oposición a límites testimoniales de los que sólo la rescató el vigor de la savia del árbol leonesista, ahora sajado por el rayo. Aguantó sin echarse a tablas la campaña mediática que, —aseguraban los coristas que amancebó antes de ser los primeros en huir de crack del 2007—, arruinó una carrera que proyectaba pasajes más allá del llano. Aquella factura de la gomina, que no pagaba una pintina de vino, debería explicarse en clase de intrigas y conspiraciones si alguna vez llega a ampliarse el currículum de los estudios superiores de las ciencias políticas. Pregúntenle cómo se encaja un golpe cuando los últimos pretorianos gritaron al suelo, que vienen los nuestros, en medio del coso del último mitin de campaña, con la plaza de toros vacía. Otra lección gratuita para supervivientes: lo que hagas por satisfacer a quien te quiere quemar es combustible para alentar la hoguera. Apuntes en un cuaderno de bitácora que pasará a limpio con la perspectiva de realidad que sólo da el tiempo; podrá escribirlo ahí, en esa esquina del segundo ensanche de la ciudad, junto a la explanada del auditorio; o al pie de la zona peatonal, lejos de la jauría que ladraba apocalíptica cuando sacó los coches de la Catedral; por ese León que dejó, que es el que hoy pisamos, se le da la medida; no por los borrones del concejal adicto a cambiar farolas; o el otro, que dividió la urbe en baldosas y dejó pequeñas las rotondas. Hay retornos escritos en el aire que no frena ni el rencor por la afrenta de la junta gestora berciana. Que ya llovió.