León

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Diez siglos después de la construcción y diez años antes de lo que hubiéramos esperado hace diez años, cuando empezó a esbozarse la intervención, los responsables de la fundación de Bankia y de la Junta volvieron esta semana a San Isidoro para hacerse por tercera vez la foto de la visita del anuncio de la presentación de la promesa de financiación del proyecto de reforma de la colegiata de San Isidoro. Esta vez sí, prometieron, si no les entretienen de nuevo Casillas y otros preferentistas, antes de final de año empezarán las obras con las que se triplicará el espacio del museo y las zonas visitables de la Real Colegiata. Un impulso para una joya que, por encima de su incuestionable riqueza monumental, tiene el honor de albergar el claustro en el que se celebraron en el año 1188 las primeras cortes democráticas de la historia; un hito reconocido por la Unesco, no por teorías que embridan el cáliz de Doña Urraca con las películas de Indiana Jones, pese a la importancia de la pieza y su posible identificación con la copa que se veneraba en Jerusalén como aquella por la que bebió Jesucristo en la última cena.

La reforma del museo se presenta como la oportunidad para desempolvar el título de Cuna del Parlamentarismo y convertirlo en algo más que un membrete en las cartas, un pin conmemorativo o un arrebato de cuñadismo con el que llenarse la boca. No existe después de todos estos años una oferta clara que guíe al turista, más allá de los cuatro carteles con los que adornó Emilio Gutiérrez las entradas de León, dentro de esa estrategia de «lluvia fina» que no era más que el barniz de encíclica a los Corintios con el que lo envolvía todo. Nada se sabe del avance de la inclusión de su referencia, enriquecida por el estudio de los Decreta de Alfonso IX, en los currículos de Educación, al margen de los esforzados materiales didácticos, elaborados por técnicos municipales, que no llegan más allá de una docena de colegios leoneses. No hay rastro de las gestiones ante el ministerio por parte de la Junta, que vuelve a opacar el sello, como ya hizo con la celebración del 1100 aniversario del Reino de León, y lo cubre sin vergüenza con la bandera de la comunidad, como en el Pleno que se regaló a principios de mes en el claustro isidoriano para mayor gloria suya. A esto nos hemos abandonado. Ya lo decía la criada de Luis XIV para justificarse: mientras jodo, no barro.

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