Haciendo el indio
Un año después, nuestras penurias siguen siendo las mismas, o más —en esa dirección apuntaba ayer el informe de Cáritas que no deja lugar a segundas interpretaciones—. Nuestros problemas, iguales sino mayores. Y a estas alturas de ‘partido’ lo único que nos sujeta a esta tierra 0es que todavía no contamos con la autovía a las burgas y que los ‘ponis’ que nos han puesto en lugar del ‘caballo de hierro veloz’ que nos prometieron, no dan para cerrar la puerta, arrojar la llave al Sil y no volver la vista atrás, abandonando, de una vez por todas y para siempre, esta reserva india a la que nos confinó el ‘hombre blanco que habla con lengua de serpiente’.
A cambio de cuatro collares, dos espejos y un montón de bagatelas más —no es ocurrencia mía, me la ha dejado prestada un amigo—, hace ahora un año que volvimos a malvender la tierra en la que descansan los sueños de nuestros antepasados. Volvimos a caer en los engaños de vendedores expertos de crecepelos prodigiosos y recetas milagrosas. Nos volvimos a ilusionar con lo que quisimos creer de los charlatanes. Compramos sus ungüentos y recetas prodigiosas para nuestros males. No nos dimos cuenta de que nos confinaban en lo que será nuestra sepultura, mientras ellos, los rostros pálidos, regresaban a sus quehaceres de gobernaduría en la capital.
Elegimos para gobernar nuestras tribus a quienes creíamos capaces de guiarnos en busca de la tierra prometida... sin saber que lo que nos presentaron como feroces guerreros y dignos descendientes del gran Toro Sentado, tenían bastante de lo segundo, mientras que la bravura que se le debe presuponer a este animal no aparece por ningún sitio.
Hete aquí, pues, que estamos, un año más tarde, entregados a la danza de la lluvia para rogar la intercesión divina pues, de entre los mortales que elegimos para guiarnos, no vamos a encontrar a quien cambie el rumbo hacia nuestro triste final. A lo sumo asistiremos a alguna batallita entre nuestros propios jefes tribales por repartirse las migajas —en este momento no le arriendo las ganancias al asentamiento cacabelense y a su feria del ‘agua de fuego’, pues los tiburones ya han olido la sangre—y el honor de ser el último en apagar la luz. Y para mayor burla del destino, con la de indios que tenemos aquí montada, el bisonte va y nace en Boñar.