Diario de León
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NUBES Y CLAROS MARÍA J. MUÑIZ
León

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S i fuéramos capaces... Unos y otros. Capaces de centrarnos en el discurso y en lo razonable y no caer durante los próximos 22 días en el absurdo en el que se convierten las campañas electorales. Que no digo que no tengan sus efectos sobre los indecisos (que es como llaman las encuestas a la mayor parte de los despreocupados), ni que los próceres no sean escuchados en abstraída concentración por convencidos y curiosos. Aunque lo que está claro es que tienen sus contantes efectos en los bolsillos de quienes mueven la cosa electoral entre bambalinas, y en las cajas de ‘ya sabes’ de los partidos.

Le cuesta a la clase política comprometer más allá del postureo que esta campaña bis tiene que ser más barata. Hay incluso nerviosismo entre algunos recandidatos porque los medios parecen también dispuestos a hacer economía de ídem, y no están ya las agendas de los aspirantes a sus señorías llenas de compromisos de entrevistas, un día con..., perfiles, fotos de su primera comunión, giras en mangas de camisa con final feliz (mitineramente hablando, digo),...

Como si la pose de los que ya se han asegurado parcela en las papeletas electorales hubiera cambiado mucho desde la última vez, o sea, anteayer. Como si tuvieran algo más que añadir al estruendoso despiporre de celebración democrática (¿demagógica?) de la casi recién finalizada última campaña. O como si estuviera el país (qué más decir de esta provincia) para euforias de brazos en alto y camisa de rondón en el sobaco, que el abrazo de las multitudes da muchos sofocos.

Hay muy poco que añadir a lo dicho, y para publicitarlo no hace falta abarrotar las farolas de carteles que cuestan más que la obra que atesoran muchos museos, ni hacer otra serie de despilfarradoras tontunas que son un insulto a los ciudadanos a los que se les cierra el grifo de la inversión y la mejora social porque es tiempo de recortes; y más que vendrán, insisten las autoridades europeas.

Y, si fuera esta la campaña que somos finalmente capaces de hacer, ¿no cabría reflexionar si deberían ser todas así? A qué tanto alboroto y tanto cinismo. Nos tenemos todos calados. Y si no es el caso, por sus obras les conoceréis. Qué tiene de malo que este ruido de fondo permanente de la paja en el ojo ajeno se quede donde está. Sin ensordecedores redobles de tambores de quince días para volver después, inevitablemente, al run run inacabable de la diaria comidilla pública. ¿Apetecible, no?

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