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LA GAVETA CÉSAR GAVELA
León

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T ermina el curso escolar y comienza el tiempo del agua. La de los ríos de León, de sus prados y choperas. Empieza el tiempo de un vigor nuevo, que cada año nos coloca en el mundo. A los niños porque lo están estrenando, y también a quienes lo vivimos por primera vez hace muchos años. La memoria de los días junto al agua tiene un peso especial, y es ella, el agua, la que lo establece. La que gobierna el conjunto de los recuerdos que concita el verano, la estación feliz. El agua, que en León se llama río. Sobre todo río, por encima de pantanos y piscinas. Porque es la que corre libre entre los árboles y el césped, la que emociona y construye. La que funde pasado y presente. Así es el milagro del verano en León. Y en cualquier parte, claro. Pero el de León es el que nos ha marcado a nosotros.

Cada vecino de esta provincia tiene su tesoro de vivencias junto a los ríos. Tanto los que bajan de las peñas cantábricas como los que lo hacen desde los Montes de León. Lo mismo los que terminan en el Miño que en el Duero. Y tal vez es en las llanuras leonesas, tanto las de la meseta como en las verdes planicies bercianas donde mejor germina esa memoria. Donde más fecundamente contradecimos a Heráclito, porque para nosotros el agua siempre es la misma, la de hace cuarenta años y la de ahora. El mismo sonido, los mismos pájaros, las mismas orillas de cantos rodados; de árboles que bordean las aguas ruidosas y frías. Y parecidas ilusiones.

Hay un escenario que me marcó, se llama El Pelgo. Está a unos cinco kilómetros aguas abajo de Villafranca del Bierzo. Pasé allí dos semanas de 1968, con quince años. Yo no esperaba gran cosa de esas vacaciones con los compañeros de internado; sobre todo porque el lugar elegido estaba muy cerca de Ponferrada, donde vivía. Pues bien, todo lo que conocí en El Pelgo y sus aledaños fue extraordinario y proverbial. Empezando por el corto y sorprendente viaje en tren desde Toral a Parandones, en el ramal que entonces llegaba hasta Villafranca. Una hora escasa después llegábamos a pie a unas curvas fluviales dulcificadas por los árboles y por dos praderas que fueron el reino de la dicha en aquel tiempo. Con un puente colgante y sin otros pobladores de aquel paraíso que los chavales de las tiendas de campaña: nosotros. Atendidos por unos universitarios de Salamanca que quedaron en nuestra memoria como héroes. Guitarras en la tarde, la oscura noche adentrándose en el poblado de lona, el ruido del agua mucho más poderoso entonces. Todo eso se convirtió en un tesoro interminable. Y por eso he ido hasta allí varias veces. Buscando el tiempo, buscando el agua, buscando algo misterioso que solo la naturaleza ofrece.

Los ríos nos ayudan a levantar pequeños monumentos del alma. Paisajes líricos y secretos que nos llegan al corazón. Como si el agua viniera para hacernos un poco mejores.

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