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La GAVETA César Gavela
León

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E n los primeros años 60 un grupo de jóvenes médicos forasteros destinados en Ponferrada descubrieron un paraíso en la margen izquierda de la carretera de Asturias, cerca de Cabañas de la Dornilla. El paisaje era suave y hermoso, de praderas y encinares, de senderos y pájaros. A partir de entonces los doctores comenzaron a llevar a sus familias a aquel territorio silencioso, pacífico y verde. Y pronto algunas familias más, pocas y entre ellas la mía, se incorporaron a esa ceremonia de cada domingo. A pasar las dulces horas sobre la hierba y a marchar por los senderos casi vírgenes que se adentraban en la espesura. Era un tiempo que parecía fuera del mundo, y no solo para los niños, sino también para los mayores. Como una isla dentro del franquismo, que en los años sesenta era una mezcla de censura y paternalismo, de fútbol y Acción Católica, de mujeres de la Falange que enseñaban a cocinar y de hombres de la política y las JONS que decían mucho la palabra solidaridad.

Aquellos domingos en el campo eran de la libertad. Para los mayores, porque criticaban al régimen, sobre todo en la hora del café. Y para los chavales, porque explorábamos con gran gozo los caminos, plazas y hasta túneles de ramas y hojas que formaban las encinas entrelazadas. Los mayores rendían culto a la palabra libre y los niños descubríamos la naturaleza y sus atardeceres tan distintos a los que vivíamos en Ponferrada. Desde aquel remoto tiempo, para mí esa zona quedó sagrada en el Bierzo. Y por eso no he vuelto por allí. Aunque debo reconocer que una tarde caí en la tentación, allá por los primeros 80. Una tentación que duró muy poco porque pronto me di la vuelta al notar el desafortunado paso del hombre por aquellos campos y arboledas: había construcciones feas, tolvas de escombros, y el antaño romántico camino de tierra tenía rodadas de camiones.

Muchos años después, en la llanura final y verde que había tras los encinares, y a la que nos acercábamos pocas veces porque estaba lejos, construyeron uno de los más grandes polígonos industriales del Noroeste, el del Bayo. Que ha tenido una vida un tanto decepcionante, por diversas razones, propias y ajenas. Y que ahora es objeto de nuevas iniciativas políticas, que buscan dotar al enorme recinto de ventajas fiscales para favorecer la actividad económica y, a la postre, la esperanza de los bercianos, que viven años muy duros, demasiados ya. ¿Despegará El Bayo tras su privilegiada conversión en zona franca? Ojalá. Pero salga todo bien —como deseo— o siga la atonía actual, yo me cuidaré muy mucho de no visitar el gran polígono para no ver en qué se convirtió aquel edén allende el bosque de nuestro reino secreto. Donde aquellos niños empezaron a enamorarse un poco, y aquellas niñas a huir, con buen criterio, de nuestras torpes y casi siempre ineficaces maniobras de aproximación.

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