Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Todavía siguen derramándose lágrimas por las víctimas de Munich y ya ha tenido lugar un nuevo ataque en Baviera. ¿Otro enfermo mental? Otro malvado. Los desequilibrados no siguen las pautas de estos asesinos. Es cierto que algunos de estos enfermos pueden tener, bajo recaídas extremas, comportamientos violentos, pero casi siempre es contra ellos mismos o sus familias; nada que ver con este aquelarre premeditado, que busca dañar a desconocidos mediante la muerte y el terror. ¿De verdad puede creer alguien que dichas enfermedades convierten a quienes las padecen en terroristas? El nexo común entre estos monstruos no es que estén o hayan estado en tratamiento psiquiátrico, sino que odian al mundo. A este último se le había rechazado el permiso de asilo, y ahora podemos valorar que con muy buen criterio, pero se le había asignado temporalmente un piso y contaba con un permiso provisional de residencia. Odian más allá del resentimiento legítimo, ese que es humano sentir en las adversidades y penurias. Odian con furia y maldad. Y son malos. Los enfermos mentales no odian al mundo; al menos, no así. Este odio monstruoso pertenece al terrorista, suicida o no. Suyo es su deseo de morir matando. Otro aspecto del problema, y no menor, es por qué quienes manejan los hilos del terrorismo encuentran en ciertas canteras las personas adecuadas para sus fines siniestros. También cabe preguntarse por tan pasmosa facilidad de acceso a armas y explosivos, cuya venta está prohibida.

Donald Trump no necesita enfermedad mental, es ya así incluso sin entrenar. Un odiador vocacional. Ahora acaba de anunciar que pondrá mayores trabas a alemanes y franceses para entrar en Estados Unidos, «pues sus países están engangrenados por el terrorismo». Aún añade: «Y tienen ellos la culpa de estarlo por haber permitido a toda esa gente entrar en su territorio». Otro monstruo.

Los españoles sabemos mucho de esta clase de dolor. ETA asesinó por odio, no por enfermedad mental. En España urge el resurgir de nuevos humanismos, sin demagogias ni maniqueísmos. Ver más prójimos, menos rivales. Pero, a la vez, teniendo presente que, en tiempos extremos, la ingenuidad irresponsable es el único error que ninguna sociedad responsable se debe permitir.

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