TRIBUNA
¡A qué esperan!
A José Pla no le gustaban las citas; tampoco las mujeres (eso decía) a salvo el deleite de contemplar su voluptuosidad. Con una frase lapidaria despachó su desdén por las primeras (muy útiles para los que tienen poco que contar) e intentó justificar su misoginia con generalizaciones tan resbaladizas como escasas de crédito en alguien que cultivaba la prudencia (acaso recurrió calculadamente al exceso a fin de dar innecesaria explicación a una soltería embarazosa para un conservador confeso). Era un catalán acendrado plenamente identificado con entidades territoriales más generales que las fomentadas por patologías localistas febrilmente excluyentes, cuya fobia, por cierto, soportó con ironía sin descomponer la figura. Combatió, eso sí, con sincerísimo desprecio y prosa arrebatadoramente lisa (en dos lenguas) toda forma de afectación cultural con particular fijación por los modismos literarios. Murió tarde; pero a tiempo…
A quien esto escribe sí le gustan las citas, en la medida que condensan sabiduría ajena susceptible de apropiación (más o menos indebida); las mujeres sin reservas y en cualquiera de sus facetas. Una certera reflexión de Pla me conduce al desaliento (describir es infinitamente más difícil que opinar) que procuro mitigar amparándome en Bertrand de Jouvenell (un humanista que utilizó la ciencia económica para predicar ecología razonable y justicia social): lo que yo diga puede tener poca importancia, pero la materia de la que hablo es del máximo interés. En ese espíritu descansan estas líneas, fruto de la hospitalidad de este Diario conjugada con mi atrevimiento.
Y, al grano. Escucho con preocupación el ya plomizo pretexto aducido por los partidos que, llamados a formar el grueso de la oposición, obstaculizan la investidura pese a descartar (por lo general, implícitamente) alternativas desnaturalizadas: «las políticas del PP». La justificación, además de irresponsable atendidos los apremios más inmediatos (dos ejemplos: la aprobación de unos presupuestos ponderados en la priorización de los sectores que se vincularán al éxito de un ambicioso plan de reducción del déficit, y una respuesta política concluyente, pero persuasiva, que despeje la catástrofe catalana) soslaya de forma interesada el decisivo papel de la oposición cuando el respaldo parlamentario del gobierno es precario.
Gobernar es, ante todo, legislar. En esencia, el poder ejecutivo se materializa a través de normas jurídicas con rango de ley. O lo que es lo mismo, las políticas del PP sólo pueden ganar ahora virtualidad si encuentran acomodo en un texto legal que supere el rigor de un Parlamento hostil. No sin un cierto pudor recuerdo tanta obviedad, pero algunos se obstinan en olvidar que la reforma laboral de 2012 (en aquello que agrede el imprescindible equilibrio entre capital y trabajo) se aprobó en virtud de un Decreto-Ley, imposible de prosperar con la actual configuración del Congreso. Además, la ministra de Trabajo apeló a la prudencia de los empresarios para evitar un exceso de eres: la prudencia corre a cargo del legislador, trasladarla a los beneficiados por una norma legal es una ingenuidad poco tranquilizadora. Por otra parte, la última reforma del Código Penal (un endurecimiento innecesario de nuestro catálogo punitivo) nos regala una farragosa aberración dogmática que acabará en desuso. La responsabilidad criminal se individualiza en personas naturales, de lo contrario, es extraña al ámbito penal. Otra cosa es que, puntualmente, interese despersonalizarla. Excesos propios de la mayoría absoluta ¡Pero a qué esperan!
Ni siquiera Rajoy, que tras dilatar la encomienda del jefe del Estado también espera (al encargo de formar gobierno es inherente exponerse a una sesión de investidura ante un escenario nada hospitalario), está ya legitimado para urgir a nadie. Es cierto, también, que no ha exhibido sensibilidad social y nunca ofrece una explicación satisfactoria cuando se cuestiona la probidad en su partido. Pero, guste o no, ocho millones de españoles (y la la fragmentación de la izquierda) le han venido a dar una última oportunidad que no debería abortar un manifiesto suscrito por intelectuales en funciones de guardia ( entre los que, cómo no, también hay humoristas…)
Sánchez, con todo fundamento, teme que su carrera política concluya en un congreso federal y también espera, sin reparar en una opción que le haría gigantesco ante la opinión pública: facilitar la investidura y dimitir; un final más decoroso que acabar ninguneado por aquellos a los que ahora niega el saludo en público: «Y por qué no».
En Podemos, pese a que un general jubilado y sin escaño reproche laxitud moral a los votantes del PP, se siguen preguntando qué ha podido fallar (en ese tipo de estridencias está parte de la respuesta) sin aceptar que habrían tocado techo: el desgaste de la izquierda identificada con el «régimen del 78» tiene límites y sólo si un futuro Gobierno sucumbe a la tentación de sustituir a cualquier precio desempleados por cotizantes podrían ensanchar expectativas; entre tanto, fracasada la fontanería nocherniega de alta graduación (etílica y militar) no deberían desvirtuar la única (y relevante) misión que les han encomendado cinco millones de votantes que no conocen Venezuela: esculpir las formas y ser voz respetable de aquellos que sólo pueden aspirar a la esclavitud laboral. ¡A qué esperan!
Rivera, que tiene un problema para cada solución, se empecina en obstaculizar las cosas; refrescante en su arranque, le sobran ahora oportunistas con aspecto fiable y le falta coherencia. ¡A qué espera!
Los políticos no son de peor rango moral que el cuerpo electoral, sino su fiel exponente; pensar lo contrario resultaría tan ingenuo como acrítico. Tampoco pueden solucionar lo que es más importante: poner freno a la decadencia de una tecnificada sociedad desconfiada en exceso, poco compasiva e intolerante. Eso es cosa nuestra ¡A qué esperamos!