Diario de León
Publicado por
AL TRASLUZ EDUARDO AGUIRRE
León

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E so de mandar está pelín sobrevalorado. Si Pedro Sánchez y Pablo Iglesias supiesen la lata que es saldrían pitando. «Pues mola mazo», dirá Sexto. «¿Don Felipe?». No, caballero, el otro. Créanme, un tostón. Sea por el método antiguo, «dos y dos son cinco, porque uno ya sabía sumar antes de que tu gateases», o por el moderno, «dos y dos sin siete, seis en Canarias». Entre las distintas variantes del mando ninguna más ingrata y estresante que gobernar un país. Vale, también tiene sus cosillas buenas: llegas holgado a fin de mes, tienes chófer trajeado, vives en mansión con jardín, los asesores te hacen la ola, tus corbatas son elogiadas incluso cuando son horrorosas y, para qué nos vamos a engañar, el poder otorga la erótica que el palmito no te ha dado... pero también hay en todo esto hay mucha letra pequeña, mucho efectos secundarios. Don Quijote añoró ante los cabreros aquellos tiempos remotos, la llamada Edad de Oro, en la que nadie mandaba sobre nadie, ni existía la propiedad privada. «Eso mismo dice Raphael, que estar enamorado es confundir lo mío con lo tuyo», añadirá la lectora melómana que todos los columnistas tenemos. Exacto, señora, sabia contabilidad la del amor, el único sentimiento que cuenta con los dedos, incluso los decimales. Pero en esta nuestra edad de plomo, muchos viven hambrientos de ordeno y mando. Luego todo son lamentos: «si lo llego a saber... esto no es lo que esperaba, ¡mi casa!» Hasta hay a quienes el colesterol bueno se les vuelve de colmillo retorcido.

Ahora bien, obedecer tampoco puede degenerar en «veneno que tú me dieras». Servilismo, jamás. Genuflexiones, las justas. Decoro, siempre. Al superior le puedes ir a comprar sus puros al estanco, pero nunca aceptar que además se te quede con el mechero. Salvo, claro, que los coleccione o esté en juego un trienio.

Hablando del escalafón, ayer recibí una llamada de mi madre para desearme que todo salga hoy muy bien, en un acto en que he de hablar poniendo voz de circunspecto. Terminó sus sabias recomendaciones con una no orden entrañable, que llevo escuchándole desde mi infancia: «Y péinate». Ah, la jerarquía invisible del amor. Obedecer así da gusto. Otra cantar es que mi flequillo me deje ser peinado.

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