Diario de León
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SILUETAS gonzalo ugidos
León

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C ada país tiene sus cosas y el nuestro a carretadas, aunque hablar así es una de las cosas de este país. No sé quién dijo que «si habla bien de Inglaterra, es inglés, si habla mal de Prusia, es francés, y si habla mal de España es español». Lo clavó.  Una de las supersticiones patrias es creer que somos un desastre. Bueno, vale, pero según con quién nos comparemos. No quiero señalar a nadie, pero a la vista está que peor que la nuestra es la historia de Polonia, y que en Finlandia quedan bien en el informe Pisa pero se gastan una pasta en calefacción. Y que nunca llueve en el sur de California.

Para hablar con propiedad de las bondades y maldades de un país hay que estar a lo que propuso el rey de Bután que, harto de que hablaran de la pobreza de su país, acuñó el FIB (índice de Felicidad Interna Bruta) como alternativa al PIB. Los españoles quedamos bien en ambos índices, pero quedamos todavía mejor en lo de echar pestes de nosotros mismos. Esta modestia extrema tiene fundamento, porque es difícil estar orgulloso de un país en el que uno de cada cuatro ciudadanos no tiene trabajo; pero a pesar de eso y de tantas otras calamidades nacionales, casi nunca exclusivas ni idiosincráticas, raya en la neurosis sentir vergüenza hacía un país que es bastante mejor de lo que creemos.

Veo en el Barómetro de la Imagen de España, del Real Instituto Elcano, que los alemanes solo se puntúan a sí mismos por encima de nosotros; es decir, que España es el segundo país mejor valorado en Alemania después de la propia Alemania. También somos el sexto país más seguro del mundo —solo por detrás de Singapur, Japón, Indonesia, Suiza y Suecia— y nos perciben como el 11º mejor país del mundo para vivir.

Con mucha razón nos quejamos de nuestro clima político, pero no somos ni los campeones de la mediocridad ni los de la intolerancia, competición en la que nos ganan de calle la campaña presidencial de EE UU o la del Brexit. Como nos ganan en populismo y demagogia Francia, Alemania, Holanda o Austria. Aquí no tenemos ningún Farage, ninguna Marine Le Pen, ningún Viktor Orbán ni Donald Trump. Ninguno de nuestros partidos principales ha apelado a la melonada de la xenofobia para captar votos.

Nos quejamos de que aquí no dimite nadie ni con agua caliente porque en el tinglado de la partitocracia no hay mecanismos para exigir responsabilidades. Pero ahí está Rosa Valdeón para quitarnos la razón. Y pista, que va Rita. Decía Baroja que el nacionalismo se cura viajando; también es verdad que viajando se cura su contrario: la falta de amor propio —y de amor a lo propio—, porque aprende uno que en todas partes cuecen habas y que las nuestras no solo llevan chorizo sino una punta de jamón ibérico.

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