Reserva de la Biosfera
V ivo en la ciudad, pero cuando llegó al pueblo la noticia de que nos habían catalogado como Reserva de la Biosfera, me pregunté dos cosas: si se podría seguir pescando, aunque fuera sin muerte, y si no sería mejor que nos nombraran directamente Reserva India. Maliciaba uno, siguiendo esa sentencia de urgencia que dice «piensa mal y acertarás», emprendedurías macroeconómicas, privatizaciones de montes y ríos, alguna hecatombe doméstica del tipo de las que ocurren en los parques nacionales, donde se regula según el sensatísimo criterio peninsular, cuyos orígenes se pierden en la noche ibérica de los tiempos, de poner puertas al campo. Las reservas cherokees y arapahoés norteamericanas, por lo que uno alcanza, mayormente a través de la pantalla del cine, vienen a ser un estrecho cercado poblado de cantinas donde se expende agua de fuego a precios baratísimos y donde los indígenas, teniendo prohibida la caza, se matan entre ellos alegremente, sin intervención de ley alguna mientras las carnicerías respeten las debidas proporciones, nada de degollinas en masa ni asesinos en serie, que entonces aparecen los hombres de negro del FBI y los guionistas de HBO. Ese panorama de alcohol y violencia, en según qué casos, puede ser reprobable pero en definitiva es una regla de conducta como cualquier otra. Más salvaje que la habitual en la Montaña; como del Lejano Oeste, qué duda cabe, pero una regla de conducta al cabo. Como ha demostrado la experiencia estadounidense, tiene el inconveniente —eso sí— de llevar muy lentamente a la extinción.
Superado el impacto producido por la denominación, y pasado el tiempo prudencial que este tipo de cosas requieren para emitir una opinión, aunque sea personal, lo cierto es que uno no ha alcanzado todavía ninguna. Siguen volviendo y yéndose golondrinas y veraneantes, continúan floreciendo los agavanzos y marchitándose el orégano en las peñas, un año y otro insisto en acercarme a beber el agua de La Fontona que ya no mana porque la han estabulado en el vientre oscuro de la traída. La sombra protectora de Bodón, como lleva eras haciendo, se retira sigilosa cada mañana del Chacutín para dejar que el sol caliente los huesos de los antepasados, las truchas vuelven querenciosas a dejarse engañar por la efémera en pelo de liebre y los lugareños seguimos emborrachándonos moderadamente, en las fiestas de guardar, como paisanos.