Diario de León
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CUERPO A TIERRA. ANTONIO MANILLA
León

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Los lectores de esta columna acostada saben que ni nuestra visión de la ciudad ni la de nuestro amigo Platón suelen hacer migas con la que tiene el alcalde Antonio Silván. Se han censurado aquí a menudo, con menos mala leche que ironía, que según Horacio es la alegría de los tristes, desde el páramo industrial al que parece abocarnos la apuesta única por el turismo, pasando por la metástasis de calles peatonales y de zonas a velocidad de bicicleta, hasta diferentes inatenciones municipales como las mostradas hacia la última Feria del Libro o hacia el aborrecible turismo de las despedidas de soltero. Ninguna de esas críticas le ha impedido al alcalde ni al firmante estrecharse la mano cuando la ocasión lo ha requerido, aunque cualquiera de ellas, a un espíritu menos democrático y respetuoso con la opinión ajena, le habría torcido el morro y quién sabe si hasta dictado alguna carta privada al director de este periódico pidiendo el envío de la cabeza o al menos un meñique de uno al apartado postal de Ordoño II, 10. Quiero decir con ello que la cuestión planteada esta misma semana por el jefe del grupo socialista en el ayuntamiento, José Antonio Díez, al regidor, preguntándole qué desayunaba para tener una visión tan sonriente y distorsionada de la realidad leonesa, además de jocosa debería parecerme pertinente, y, sin embargo, no ha sido así.

Y es que yo creo que una condición indispensable para el ejercicio de un cargo público representativo debe ser el optimismo. No sólo por la carga de tranquilidad que trasmite contemplar a alguien que podría muy bien aparecer doblado por la responsabilidad esbozando una apacible sonrisa, sino porque creo en ese viejo adagio que sostiene que la cara es el espejo del alma. Quizá el optimismo sea una avería congénita, pero también es un plus: una predisposición vital hacia la belleza del mundo, hacia el sesgo amable de las cosas y cuanto concuerda con el espíritu. Norberto Bobbio, el sabio filósofo de la democracia, lo condensó a la perfección en un aforismo: «el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad». Más que ninguna otra cosa, es necesaria gente al mando que crea en la posibilidad de sacar esto adelante. Si la sonrisa de Silván es como la orquesta del Titanic, al menos nos hundiremos bailando.

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