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LA LIEBRE. ÁLVARO CABALLERO
León

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Por octubre desmochábamos los rejos de las peonzas contra las piedras de los castros donde habían quedado huérfanos los triángulos de las canicas. Cambiaba la moda, que para nosotros era un virus que traía alguien entre las manos e infectaba al resto de la escuela con el mismo juego durante semanas, y nos sumíamos en ella con abnegación después de clase. Las chapas, el manro, el esconderite en bicicleta, el fútbol con la parte baja de los bancos de la plaza convertida en portería, el paredón, ¡churra va!.. Sonaba el timbre con su estruendo de chicharra, nos abalanzábamos por las escaleras como un pelotón suicida al asalto de una posición enemiga y, ganada la calle, nos merendábamos la tarde hasta que nuestra sombra sobre el suelo nos sacaba tres palmos y anunciaba que teníamos pescado para cenar. Ser niño era una cosa que nos tomábamos muy en serio. Merecía su tiempo, aunque para nosotros entonces el tiempo solo era importante cuando, después del parte de las nueve, nos anunciaba que mañana iba a llover.

No recuerdo que tuviera deberes. Seguro que sí. Pero nada que ver con esa costumbre actual de enmarañar a los guajes toda la tarde con tareas que deberían hacer en su mayor parte en el colegio, con encargos que devuelven a los padres a la escuela o los convierten en sucedáneos de los tutores, con amenazas de suspensos a chavales de 6 años si cometen más de dos faltas en un dictado de 25 palabras que cabrían en un trabalenguas. Dos horas después del colegio, tras las cinco que acumulan en el aula, se vuelven a meter entre los libros escolares. Nos hemos vuelto locos.

Hemos perdido la brújula de la educación, que todavía salvaguardan algunos maestros resistentes pese a la dictadura de los currículos, las reválidas y los informes Pisa. Nos perdemos lo esencial, desde casa, con delirios de grandeza que abandonan a los rapaces todas las tardes en el carrusel de las extraescolares para la matrícula de honor: clases particulares, academia de inglés con nativos, ábaco para el cálculo, iniciación al chino, natación, solfeo, uno o dos deportes como mínimo... No se aburren, decimos para darnos coartada. No se aburren, puede ser cierto. Aunque lejos de suponer una solución, se trata de un problema que no vemos por las orejeras que nos hemos puesto. Ya nos lo agradecerán, pensamos para engañarnos. Lo malo es que entonces a lo mejor es tarde. Ya no podrán ser niños. Ni habrá deberes que valgan.

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