TRIBUNA
Pero ¿hay vida (laboral) en letras? (II)
E n una entrega anterior he pretendido (de)mostrar la importancia y relevancia del español no solo desde un punto de vista demográfico sino también económico. Según se señala en el último Anuario del Instituto Cervantes, esos datos demográficos y económicos tendrían una explicación: nuestra lengua es una lengua homogénea, geográficamente compacta, en expansión, que es oficial y vehicular en 21 países que ocupan territorios contiguos, con un grado de comunicatividad muy alto. Y esos mismos datos demográficos y económicos, a su vez, explicarían el interés en su estudio, como corrobora la noticia con la que comenzaba la primera parte de esta colaboración («en Francia se necesitan más de 1000 profesores de español»).
La demanda de empleo en el ámbito del español se confirma también con el número de plazas ofertadas por el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes para el curso 2016-2017 como auxiliares de conversación españoles en el extranjero (muy similar, por otra parte, al de años precedentes): Alemania, 110; Australia: 2; Austria, 30; Bélgica, 15; Canadá, 3; Estados Unidos, 30; Francia, 433; Irlanda, 12; Italia, 20; Malta, 5; Noruega, 4; Nueva Zelanda, 6; Reino Unido, 210; Suecia 2. En total, cerca de 1000 plazas, a las que se podrían añadir las específicas de Educación Secundaria, que salen cada dos años en todo el territorio nacional, las de centros bilingües en el extranjero o las casi 800 que el mismo ministerio oferta para EE UU y Canadá (que no son exclusivas para impartir español, aunque sí en centros bilingües español-inglés, y que exigen ya una experiencia previa).
No parece, pues, que el panorama sea tan desolador en el ámbito de las Humanidades, especialmente en el de algunas filologías. El estudio de nuestra lengua y de nuestra literatura parece tener una evidente utilidad práctica y parece exigirse además de una necesidad de mercado. Pero no solo de eso. Conocer bien una lengua es el mejor acceso a la cultura de una comunidad de hablantes, permite expresar mejor y con más claridad nuestras opiniones, ayuda a mejorar la impresión que puedan tener los demás de uno (porque es parte de nuestra imagen personal), evita hacer el ridículo (utilizando expresiones erróneas, como las señaladas por un genial Juan José Millás en un artículo de hace ya unos años, del tipo «ser un cerdo a la izquierda» o «ponerse como un obelisco»), logra una expresión más adecuada del conocimiento, incluso del calificado como científico (ya se sabe: ¿para qué voy a estudiar lengua si soy de ciencias?), porque, en realidad, las explicaciones de este tipo se elaboran también a través de discursos verbales… Conocer bien la literatura mediante su lectura sirve para divertirse, pero su estudio permite también aprender, de manera directa o indirecta, cómo fue y cómo es la comunidad que la comparte, qué problemas le afectaron y le afectan, cómo ha intentado e intenta resolverlos, con qué sueña… Todo lleva a recordar aquella anécdota relatada por Salvador Gutiérrez a propósito de la explicación de un sargento de El Ferral sobre la razón que explicaba por qué el obús sigue una línea elíptica hasta que termina en el suelo: «El libro dice —señalaba el sargento— que el obús va cayendo atraído por la fuerza de la gravedad ¡Qué va! ¡No hagan caso! Yo he comprobado que se cae por su propio peso». En efecto, cae por su propio peso que las autoridades (universitarias, locales, provinciales, autonómicas y estatales) promuevan y promocionen adecuadamente las enseñanzas lingüísticas y literarias, que las consideren de una vez por todas «enseñanzas prioritarias o estratégicas», que expliquen a la opinión pública, incluso con datos más precisos que los que aquí se han expuesto, que su existencia por ejemplo está directamente relacionada con la presencia de alumnos internacionales (que tanta actividad económica genera en una ciudad como la nuestra)…
Un último apunte: se acaba de estrenar en los cines La llegada , película dirigida por Denis Villeneuve, basada en una narración breve titulada La historia de tu vida del escritor americano Ted Chiang. Este magnífico relato de ciencia ficción parte de una «anécdota», el primer contacto con seres inteligentes de otra galaxia, y continúa con los esfuerzos para comunicarse con ellos. Resulta llamativo que el autor, que logra contarnos algo más que una simple historia de extraterrestres, elija como protagonista a una lingüista (en realidad, a ella y a otros 11 lingüistas más) como la persona a la que las autoridades mundiales acuden desesperadamente para «traducir» el lenguaje oral y escrito alienígena, y saber cuáles son sus intenciones y qué grado de conocimiento científico poseen. La explicación a esta elección quizás esté encerrada en una frase de la propia promoción del film: «El lenguaje es la primera arma que se desenfunda en un conflicto».